22 de marzo de 2019

17 días en Bretaña y Normandía. Día 10: Cap Frehel - Fort la Latte - Dinard - Dinan

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¡Menudo despertar! Dinan no solo nos había regalado una experiencia mágica el día anterior, sino también la mejor cama de todo el viaje hasta la fecha. Necesitamos tirar alguna pared de nuestra casa para poner una cama de matrimonio de 1,80, decidido, a ser posible, la de nuestro vecino. Tanta placidez y los dolores en músculos, que no sabíamos que teníamos, son los responsables de que, aquella mañana, remoloneáramos un poco más de la cuenta bajo el edredón. Sí, edredón, placer máximo para una noche de agosto. Sí, somos de esos...

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Para este día teníamos planificada la visita a Cap Frehel, Fort La Latte, Dinard e intentar llegar a buena hora a Dinan para seguir descubriendo más de sus encantos. Ya os anticipamos que, a pesar de salir más tarde, todo fue posible y a un ritmo muy agradable.

Primer destino Cap Frehel, a una hora de camino, más o menos, desde Dinan. Con el estómago lleno de nuestro desayuno planificado, ponemos rumbo hacia allí. En el camino, nos cruzamos con un supermercado grande. Lo que para muchos sería una buena noticia, para nosotros, que tuviera ese tamaño, se convierte en mala, porque tardamos media vida en encontrar lo que buscábamos, algo para poder comer al aire libre, ya que, tanto el cabo, como el castillo de Fort La Latte están en un entorno privilegiado y nos parecía buena idea llevar aprovisionamientos por si se terciaba hacerlo por allí.

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Cap Frehel es un cabo situado en un entorno totalmente protegido, allí, salvo el mar, los acantilados y los faros, no vas a encontrar nada más. Bueno sí, a parte de ser una Reserva Natural, es una Reserva de aves, así que si te gustan, probablemente, puedas llevarte un alegrón. Nosotros, desde nuestra ignorancia más absoluta en ese tema, lo máximo que vimos fueron gaviotas. 

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Es uno de los cabos más visitados de la zona. Se puede acceder a él a través del Sendero de los Aduaneros del que os hablábamos en la Ruta de Granito Rosa del día anterior y también se puede llegar en coche, previo pago del aparcamiento habilitado para tal menester, que en agosto de 2018 ascendía a 3,70 euros.

Cuando llegamos eran las 11:30 de la mañana. El día acompañaba, cielo despejado, una ligera brisa, que a orillas del mar se intensificaba un poco más y una temperatura perfecta. 

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Nos ponemos a caminar un poco por aquí, otro poco por allá. Lo primero que vemos es el faro más reciente (años 50), unos metros más adelante veréis el primer faro que se construyó a finales del s.XVII.

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Cuando uno está en un cabo, ¿qué suele hacer? Acercarse a su punta ¿no? Eso fue lo que hicimos. Bonitas vistas formadas por un paisaje precioso.

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Desde el propio Cabo Frehel se podía observar nuestro siguiente destino. Hasta ahora no lo habíamos dicho, pero estamos en la llamada Costa Esmeralda y, a tan solo 4 km de allí, bañado por la misma costa, de aguas turquesas, azules y verdosas, se encuentra Fort La Latte, un castillo muy pintoresco en un enclave único.

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Se puede acceder a él andando desde el cabo a través del sendero, pero nosotros recurrimos nuevamente al coche para llegar. Si alguno estáis interesados en hacer estas visitas y os apetece recorrer el camino que los separa andando, os recomendamos que vayáis primero a Fort La Latte, al menos para estacionar el coche, ya que allí el aparcamiento es gratuito, no como en el cabo.

En coche no se tarda en llegar más de 10 minutos. A nuestra llegada, encontramos sitio en la sombra, cogemos nuestro kit de supervivencia (comida, agua) y las cámaras de fotos y, desde allí, comenzamos el camino que lleva hasta la fortaleza.

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En un paseo corto en pendiente descendente empezamos a contemplar, desde la distancia, Fort La Latte. Los que suben parecen fatigados y yo, con la aversión natural que tengo a las pendientes, empiezo a pensar en la vuelta cuando aún no he llegado al destino. Así soy, de ver “el vaso medio inclinado”.

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El comienzo de la construcción de esta fortaleza data del s.XIV. La ubicación de la misma parece un lugar perfecto para fines defensivos. Rodeada de acantilados en un saliente de rocas se alza este castillo-fuerte que, a pesar del enclave, fue asediado en diferentes momentos de su historia.

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Una vez que pasó el tiempo en el que las fortalezas tenían un papel estratégico, fue cayendo en el olvido, hasta que terminó siendo vendida y pasó a ser una propiedad privada. Durante mucho tiempo, se estuvo trabajando en su reestructuración. Actualmente, está considerado Monumento Histórico.

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Hoy por hoy, es visitable, aunque no se puede a acceder a ninguna estancia concreta, varias se pueden admirar a través de algunas ventanas o rejas. Pero a pesar de no visitarse por dentro, sus jardines y la subida a lo alto de la torre, merecen la pena. Las vistas desde allí son impresionantes. Eso sí, para llegar arriba hay que subir por una estrecha escalera casi vertical con unas cuerdas en los laterales para agarrarse. No éramos muchos los visitantes aquel día, pero se formaban buenos atascos para llegar a la guinda del pastel.

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A ambos lados, el mar, acantilados, los jardines, las torres defensivas. Sin lugar a duda, una visita diferente en la Bretaña francesa que disfrutamos muchísimo. El precio de la entrada era de 5,70 euros y ofrecían por 0,20 céntimos más una especie de folleto informativo que todos los que allí estábamos parecía que ignorábamos.

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Después de subir, bajar, intentar pasear por cada rincón y disparar la cámara como si se fuera a acabar el mundo, decidimos abandonar Fort La Latte.

Una vez fuera del castillo, era tan bonito el paisaje y se aproximaba la hora de comer que pensamos que sería genial aprovechar que llevábamos provisiones para hacerlo en ese entorno. Y así anduvimos buscando algún lugar con sombra y comenzamos la subida. Siempre nos quedaba la opción de comer en la zona del aparcamiento, allí había un área con merenderos y baños (por cierto). Cerca del castillo no vimos lugar que nos convenciera.

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Cuando empezamos a subir, para ir camino del aparcamiento, lo hicimos con la misma actitud que si fuéramos a enfrentarnos al mismísimo Anapurna, pero lo cierto es que al final no fue nada.

A mitad de la cuesta, encontramos un banco rodeado de verde, nos pareció un sitio perfecto para sacar las ensaladas y la fruta (dicho así, parecemos hasta gente sana) y nos pusimos a comer con unas vistas chulísimas hacia el castillo.

Estábamos ya en nuestro momento sobremesa cuando una mujer británica, que pasaba por allí, nos dice que si le podemos hacer un hueco en el banco. Así, vamos juntando cadera con cadera, hasta estar bien arrimaditos todos. El que no escribe y yo estábamos viendo algunas fotos en el móvil y la mujer, al vernos así, presupone que querremos una foto juntos, así que se ofrece para hacérnosla. Durante un buen rato, se produce un intercambio de palabras entre nosotros. A a ver, ella hacía frases completas y nosotros usábamos monosílabos, al fin y al cabo, eso también es intercambio de palabras. Esto fue así por necesidad no por antipatía.

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Y tras el agradable rato de sobremesa, vamos al coche para poner rumbo a la siguiente parada Dinard (que no Dinan). Unos 50 minutos separan ambos lugares.

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Dinard, históricamente, ha sido conocida como una villa para el turismo aristócrata, “La Perla de la Costa Esmeralda” la llamaban. Acudían, aparte de “gente bien”, artistas reconocidos, el mismo Picasso en 1922, en una visita pintó allí su cuadro de “Dos mujeres corriendo por la playa”. Hoteles, restauración, eventos, fiestas, golf y un estilo a lo “Belle Epoque” dibujaban la ciudad a lo largo del tiempo.

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La “Belle-Epoque” que encontramos nada más llegar a Dinard fue muy diferente a lo que llevábamos en mente, la ciudad estaba llena de gente y estacionar el coche se convirtió en una tarea un tanto complicada. Además, nosotros estábamos ansiando ya nuestro café de después de comer que era el elixir de la vida para poder continuar con el viaje.

Finalmente conseguimos aparcar en la calle, pusimos de referencia una de sus playas, la Plage de l´Ecluse y en zona azul encontramos nuestro lugar.


Y nos dirigimos a la playa que estaba repleta de gente por el paseo marítimo, había algún espectáculo y varias terrazas. Perfecto para el café. Aunque ese café no resultó ser demasiado reconstituyente porque los rayos del sol se colaban por todos los lados y acabamos en posiciones que ni los más prestigiosos artistas del Circo del Sol han conseguido adoptar. Todo por un café espresso.

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Desde allí, comenzamos un paseo por su costa, hay un camino que te permite ir bordeando la ciudad. Se empieza a ver la dimensión que tienen las subidas y bajadas de marea por la zona ¿en qué lo notamos?. Para empezar, como "francés precavido vale por dos", para asegurarse el baño han construido una especie de piscina de agua salada para cuando la marea está baja, de manera que, habiendo metros y metros de arena hasta llegar al agua, casi a pie de paseo puedes encontrarte una especie de piscina enorme redonda donde parece pasarlo pipa el mundo cuando el agua retrocede.

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Otra de las señales de la dimensión de las mareas la encontramos cuando estamos llegando al Puerto Náutico y nos encontramos las embarcaciones como si estuvieran pastando en el campo y a lo lejos se intuye el mar. 

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Llamadnos iluminados, pero estos dos indicios nos hicieron pensar en las mareas… y acordarnos de que el Mont Saint-Michel no estaba tan lejos…

Lo que sí que está muy cerca de Dinard es Saint-Malo. Desde el sendero que va rodeando la ciudad se puede contemplar perfectamente el perfil de esta ciudad corsaria, que nosotros visitaríamos al día siguiente.

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Por este paseo también se van dejando, al otro lado que no es el mar (bajo), algunos chalets que sí tiene el estilo Belle-Epoque del que antes hablábamos.

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Y así va pasando el tiempo mientras vamos divisando toda la costa de Dinard por un camino muy agradable. Cuando miramos el reloj vemos que no queda demasiado para que nuestro ticket de aparcamiento caduque. Así que decidimos ir retrocediendo, pero en este caso por otro camino diferente, interior, que nos enseñe algo más de Dinard.

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Este nos lleva hasta un mirador sobre el que había un mini rojo que nos hizo mucha gracia. Nos volvemos a entretener intentando sacarnos fotos dejando la cámara en una papelera y más lugares imposibles y es entonces cuando de verdad el ticket caducaba.

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Desde ese momento, empieza la cuenta atrás, la gymkana para volver al coche por el camino más corto. El desafío a vida o muerte con el gps y la calles de la ciudad para localizar el vehículo y salir indemnes de esa situación. Vamos cruzándonos con alguna calle comercial, restaurantes y suponemos que más cosas que no podíamos casi mirar y llegamos al coche con solo 3 minutos sobre la hora. ¡Prueba superada! Por cierto, ¿no os pasa que en el extranjero estas cosas os estresan mucho más que en vuestra ciudad? A nosotros muchísimo.

En unos 25 minutos llegamos a Dinan. Directos al hotel a dejar el coche, subir a hacer un cambio de ropa un poquito más abrigada y salir de nuevo. Nos tocó dar una vuelta a la manzana para aparcar y cuando llegamos a la puerta del alojamiento encontramos tres sitios en la puerta. ¡Como nos gusta!

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Apenas 20 minutos en el hotel y a las 19:00 ya estamos de nuevo pisando suelo adoquinado del precioso Dinan. Aquel día, nos detuvimos en el centro histórico, sus plazas de Merciers y Cordaliers, que son impactantes, con las construcciones de entramado de madera, soportales, la irregularidad e inclinación de sus fachadas, preciosas.

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También vemos la Torre del Reloj (Tour de l’Horloge), del s.XV y a la que no pudimos subir para ver las vistas desde allí porque siempre, cuando llegábamos, estaba cerrada.

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Callejeamos, pasamos por la Basílica de San Salvador, del s.XII, aunque con varios elementos de siglos posteriores que la convierten en un edificio con una mezcla de estilos arquitectónicos.

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En nuestra caminata, previa a la cena, llegamos hasta el mirador que hay sobre el Dinan “bajo”, el que está a orillas del río Race, donde cenamos la noche anterior.

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Y ya aprovechamos también para subir a la muralla por las escaleras que hay al lado de la Puerta Jerzual de la que hablamos ayer, desde arriba hay una vista chulísima de la calle Jerzual.

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En esos momentos, la debilidad ya nos invadía y el reloj de nuevo nos indicaba que era la hora de pensar dónde cenar si no queríamos vernos con dificultades. En la calle Jerzual, el día anterior ,habíamos fichado una Creperie. Echamos un vistazo a Tripadvisor para ver una valoración general del lugar, no parecía mala, así que decidimos que sería el lugar elegido, tenía una terraza agradable y, en esos momentos, para nosotros era más que suficiente.

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Había mesa disponible, aliviados, nos disponemos a descansar. Pedimos dos galettes que, como siempre, compartiremos, sí somos mucho de compartir, vivo con miedo al día que decidamos compartir una aceituna. Una galette de jamón, queso y huevo. La otra de bacon patatas y algo más que hemos olvidado. Ninguna de las dos nos enamoraron, pero eran galettes y entraban bien. De postre, un crepe con chocolate, nata y helado de aftereight. Ese sí estaba buenísimo. Jarra de 0,5l de sidra bien fresquita. Total 31,70 euros. Cenamos bien, pero tampoco como para recomendar como infalible.

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Cuando terminamos de cenar no nos quedaban demasiadas fuerzas, aun así cuando eres un poco ansias siempre sientes que tienes que hacer algo más. Así que nos acercamos de nuevo al mirador en el que habíamos estado antes que tenía vistas sobre el puerto para intentar sacar alguna foto nocturna. No nos quedan demasiado vistosas, pero por nuestra parte que no quede.


Y desde ahí, en un paseo en el que arrastramos los pies por ese adoquín tan bonito, pero que a esas horas te hace sentirte un faquir, nos dirigimos al hotel. A las 22:45 entrábamos a la habitación. Intenté dar un salto doble con tirabuzón a la cama, pero me tuve que conformar con caer a plomo…

Al día siguiente nuevos destinos nos esperaban, el mundo que rodea al mar iba a ser protagonista…

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20 de marzo de 2019

17 días en Bretaña y Normandía. Día 8: ruta Costa del Granito Rosa - Treguier - Pontrieux - Dinan

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El día anterior habíamos acabado rendidos en el hotel de carretera de Morlaix. Continuamos nuestro recorrido por la preciosa y sorprendente Bretaña francesa con nuestro propio coche. 

Aquella mañana. abandonábamos el hotel de Morlaix para ir dirección Dinan, donde pasaríamos tres noches, algo que a esas alturas agradecíamos, después de haber pasado las dos últimas noches cambiando de alojamiento.

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Camino de Dinan, habíamos planificado un itinerario para seguir descubriendo un poquito más de esta encantadora zona de Bretaña.

Aquella mañana, la cosa no empezaba especialmente alentadora, cuando fuimos a desayunar vimos que nuestros aprovisionamientos estaban bajo mínimos y no nos habíamos dado cuenta. Además, había amanecido lloviendo como si no hubiera un mañana. Para no venirnos abajo, nos acordamos de nuestra experiencia en Irlanda y supimos que, si sobrevivimos a ella, no había columnas de agua suficientes que pudieran abortar nuestro plan.

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Existe en Bretaña un sendero llamado de Los Aduaneros (G-34). Este camino va paralelo a la costa francesa, dibujando su perfil con los pasos de muchos desde hace años. Nació a consecuencia de senderos históricos establecidos en el s.XVII, cuando en Francia se estableció un impuesto especial para las exportaciones. Ya se sabe que hecha la ley, hecha la trampa, así que supusieron que muchos intentarían introducir los productos evadiendo impuestos a través de las costas. Así, a lo largo de ellas, se fue instalando vigilancia para evitarlo. Hoy, en cambio, son 2.000 kilómetros de senderos para poder descubrir la costa a pie. Uno de los tramos de este sendero se sitúa en la conocida como Costa de Granito Rosa. En ese tramo, la costa rocosa se colorea de unos tonos entre marrones y rosados como consecuencia de los minerales que las componen. Se suma a esta particularidad los efectos de la erosión que, juguetona, ha ido moldeando gigantes piedras convirtiéndolas en un entretenimiento para grandes y pequeños que, generalmente, juegan a buscar parecidos razonables entre su apariencia y algo real. Hablamos de rocas que dicen que llevan más de 300 millones de años en la costa y que, hoy por hoy, forman parte del Patrimonio Nacional de Francia.

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El día de nuestra visita no paraba de llover, pero de llover de forma intensa. Salimos del hotel dirección Ploumanac'h. Previamente, hicimos una parada en un supermercado que vimos abierto, a pesar de ser domingo, y que nos entretuvo más de 45 minutos.

En Ploumanac’h hay un aparcamiento gratuito. Elegimos este punto porque, sin tener que caminar demasiado, se llegaba al faro más conocido de este tramo y, vista la forma de llover, no estaba la cosa para dedicar demasiado tiempo a esa experiencia al aire libre.

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A ver, rosa, rosa… rosa no se veía. Si era por estar el día nublado, o si era porque estaban las rocas mojadas, no lo sabemos, pero el tono del paisaje se situaba más bien en un marrón claro. Que no dudamos que en un bonito atardecer aquello no se coloree, pero en nuestra visita tuvimos que buscar mucho los tramos más rosados (algo encontramos).

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La verdad es que es un paisaje muy pintoresco y, a pesar del mal tiempo, disfrutamos bastante del momento. Hubo instantes en los que nos tuvimos que quedar debajo de nuestros paraguas sin movernos porque el agua venía por todos los lados.

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Llegamos hasta el Faro Mean Ruz, a unos 10 minutos, y pasamos unos cuantos metros más de largo. Aunque la Costa de Granito Rosa abarca unos 8-10 km, nosotros tuvimos que abortar misión a esas alturas y retroceder, dadas las condiciones meteorológicas. Aún así, mereció la pena.

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Desde allí, ponemos rumbo hacia Perros-Guirec. Perros, en bretón, significa montañas. Allí solo hacemos una parada en su playa más grande, la playa de Trestraou. Apenas podemos parar un minuto porque seguía lloviendo sin cesar.

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Siguiente parada, Treguier, a treinta minutos. Según entramos, y bastante cerca de la catedral, vemos un aparcamiento de estacionamiento limitado a un máximo de hora y media. Pero no encontramos máquina, ni cartones, ni nada para poder aparcar. Ni idea de cómo lo controlan. Al ver que el aparcamiento estaba lleno pensamos que igual, al ser domingo, no aplica la limitación de tiempo. El caso es que, como seguía lloviendo y no hay viaje sin un día en el que comamos en el coche, ese iba a ser el día de este viaje. En Treguier nos montamos un picnic mientras la banda sonora del momento eran las gotas de agua aporreando el techo del coche. Esta parte del goteo del agua sobre el coche os lo contamos para darle un poco de romanticismo a comerte unos sándwiches, patatas y fruta en el interior del vehículo. Hay que embellecer un poco aquel instante.

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Treguier es un pueblo de carácter medieval y lo que más resaltaríamos de él, a parte de su arquitectura, es su impresionante catedral. Nos pareció preciosa, la más bonita hasta ese momento del viaje. Es fácilmente localizable, se encuentra en la plaza principal, Place du Martrayde, de gran belleza, y sobresale con una aguja de 63 metros de altura. En el interior se encuentra la tumba del patrón de los bretones, Saint Yves.

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Treguier es bastante pequeño y se pasea con mucha facilidad. Entre otras cosas, porque, para continuar con la dinámica bretona, es un lugar muy coqueto. Con estrechas calles llenas de encanto. Así que pasamos un rato entre unas otras. Para nosotros resulta una parada muy recomendable y la catedral es maravillosa.

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Nos vamos dando cuenta de que, según vamos subiendo hacia el norte de Bretaña, hay menos gente que llega a nuestros destinos y en Treguier estamos casi solos...

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Como pasaba casi todos los días, al cabo de un rato, después de comer nos entraba una especie de sopor de esos que te invade y te convierte en la típica persona que anda arrastrando los pies y asomando la chepa, mientras los ojos se van ensangretando por la resistencia que uno opone al cierre de los párpados. Ese momento empezaba a repetirse como el día de la marmota, pero habíamos encontrado la fórmula para superarlo.

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Así que ponemos rumbo a Pontrieux, allí estaría la inyección de vitalidad que necesitábamos, el café. Solo 15 kilómetros nos separaban de él. Ojo, Pontrieux, que no Portrieux. Uno es puente sobre el río Trieux, y el otro el puerto. Nosotros vamos al del puente.

Como casi siempre que preparas un viaje por Europa, te encuentras, antes de ir, con algún lugar que lees que es conocido como “la Venecia de xxx”. Pontrieux es el “afortunado” en esta ocasión. Cada vez que leemos algo similar de dónde sea, antes de ir nos suele despertar una sonrisa. Por supuesto, nada tiene Pontrieux de Venecia, más allá de el río Trieux que lo atraviesa y que es navegable desde allí hasta la desembocadura del mar.

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Pontrieux es el máximo exponente del pueblecito que acumula ingredientes infalibles: flores, un río, vegetación, casas con encanto. Pero todo eso lo descubriríamos después de ir a recargar nuestra batería con café.

Encontramos un local que es una especie de creperie de barrio, muy pequeña sin sitio dentro para sentarse y con cuatro mesas en una terraza. Seguíamos casi solos y esa parada fue totalmente reconfortante. Se respiraba una paz y una tranquilidad inimaginable y volvimos a nuestro ser.

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En Pontrieux pudimos estacionar en la misma plaza del Ayuntamiento sin ningún problema, estaba permitido y, al menos aquel día, era gratuito. 

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A pesar de llevar varios días recorriendo múltiples pueblos de ensueño, la vista no acaba de acostumbrarse. Pontrieux es una de las 23 Petite Cité de Caractère que hay en Francia. No es de extrañar. Por las calles, la belleza está presente y cuando te aproximas a las orillas del río la estampa es totalmente bucólica. Es difícil dejarlo atrás.

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Y así estuvimos entre las calles y alrededor del río, disfrutando de otro de los lugares bretones que nos sorprendía.

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Después de un buen rato, pusimos rumbo a Dinan. Algo que parecía sencillo se convirtió en una ratonera. La carretera de salida estaba cortada y nos obligaban a seguir una serie de indicaciones. En algún momento nos debimos despistar porque, 10 minutos después, vimos cómo aparecíamos en el mismo lugar, prácticamente, desde donde habíamos salido. Aquel laberinto parecía un psicotécnico avanzado, pero al final conseguimos cruzar al otro lado del río y salir de la jaula. ¡Aleluya!

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Como decíamos antes, en Dinan íbamos a pasar tres noches, desde allí, hay varios lugares de interés para poder visitar y la ciudad de Dinan se convirtió, además, en uno de esos lugares que consideramos imprescindibles en un viaje a la Bretaña francesa. Nos pareció precioso.

Lo primero, como siempre que cambiábamos de alojamiento, era ir al que correspondiera para registrarnos. A las 19:00 llegábamos a la puerta del elegido, que en esta ocasión era La Villa Côté Cour & Côté Spa. Lo de Spa, aún no lo entendemos, buscamos a ver si había algún chorro de agua escondido por algún lugar, pero no lo encontramos. Lo cierto es que el alojamiento es una casa de varias plantas con bastante encanto. También hay que tener en cuenta que veníamos de un alojamiento que tenía al lado del inodoro el armario, luces rojas en la pared, o del siguiente hotel, que parecía sacado de un orfanato de época. Pero, en serio, este tenía encanto. Además, de encanto tenía dos plantas a las que se accedía a través de unas escaleras bastante empinadas. Teniendo en cuenta que nuestra habitación estaba en la segunda planta y teníamos que subir 3 maletas, 2 mochilas, una bandolera y una bolsa con unas playeras, en ese momento, el encanto bajó en el escalafón de puntos, pero cuando abrimos la puerta y recuperamos el aliento, volvió a subir al top de los alojamientos hasta la fecha.

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Durante la subida, el anfitrión, totalmente encantador, nos iba dando conversación en francés, porque en algún momento, imposible saber cuándo, ni el porqué, a no ser que se hubiera tomado unas copichuelas, pensó que yo hablaba y entendía francés. Lo más perturbador es que aquel día noté que entendía lo que me estaba contando… Misterios dignos de Cuarto Milenio.
Después de instalarnos en la habitación, que ya decimos que nos encantó, sin perder demasiado tiempo, salimos hacia el centro de Dinan, que estaba a unos 5 minutos caminando (muy recomendable el alojamiento si no tenéis problemas con el tema de las escaleras).

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Dinan es una ciudad medieval amurallada totalmente cautivadora. A pesar de llevar días perdiéndonos por calles empedradas llenas de casas de travesaños de madera de colores, cuando entramos en el centro de Dinan por la zona alta, quedamos atrapados por sus atractivos.

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Tiene una historia a sus espaldas que se remonta muchos siglos atrás. Ha vivido épocas de gran esplendor económico, donde las casas de artesanos se repartían por sus calles. Y, hablando de calles, la calle más popular, y que no te puedes perder si viajas a Dinan, es la calle Jerzual (Rue Jerzual). Una de las primeras a las que llegamos.

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La calle Jerzual parece sacada de ficción, su pendiente es infinita y empedrada (si vais con carrito de niño id con energía y si podéis evitar el carro mejor). Las casas que hay ambos lados son preciosas. Según empiezas a bajar, parece que nunca vas a llegar al final, lo cierto es que tampoco quieres hacerlo, solo en el momento en el que recapacitas que, en algún momento de tu vida, tendrás que regresar al alojamiento y que todo lo que sube baja, y en este caso aplica a la inversa también, y si tú bajas, por narices, vas a tener que subir de nuevo. Pero, enseguida, se te olvida cuando vuelves a quedar embaucado por la belleza de lo que te rodea.

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¡Nos encantaba! Nos encantaba y nos despistábamos, se nos olvidaba la hora que era y desconocíamos en qué momento acabaría la calle, porque seguíamos bajando y bajando y bajando. A mitad de la calle, vimos una creperie, pero nosotros seguimos bajando.

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Pasamos por debajo de la Puerta Jerzual. La Puerta Jerzual forma parte de las murallas de Dinan, de hecho, al día siguiente veríamos que a la derecha de ella aparecen unas escaleras que dan acceso a las murallas para tener una vista desde lo alto. Esta puerta, siglos atrás, era un acceso a la ciudad, un puesto de control.

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Nosotros aquel día no hacíamos otra cosa que detenernos a mirarlo todo y, ya os imagináis, a hacer fotos que no hay manera de limpiar porque todas nos gustan.

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Y seguimos bajando hasta llegar a la orilla del río Rance, llegando al puerto de la ciudad. Desde él se puede observar el viaducto, a través del cual se accede al Dinan alto del que veníamos en coche.

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Pues con tanta emoción al descubrir esta ciudad, que repetimos que nos encantó y, por suerte seguiríamos descubriendo las dos noches siguientes, se nos había escapado el tiempo entre los dedos y cuando quisimos mirar el reloj pasaban dos minutos de las nueve de la noche. Se mascaba la tragedia.

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Intentar subir a la parte alta a cenar era un imposible, no había tiempo material para ello y, además, esa pendiente que habíamos bajado subirla de nuevo con el estómago vacío ni se nos pasaba por la cabeza. Así que empezamos a probar suerte en los locales que había a orillas del río. Fuimos obteniendo negativa tras negativa, o estaba todo completo, o directamente la cocina estaba cerrada. Vimos cómo nos aproximábamos a luz al final del túnel.

Pero en el restaurante del Bed&Breakfast Le Poisson I Ivre se apiadan de nosotros y, a pesar de avisarnos que era demasiado tarde, nos dejan sentarnos en su terraza a cenar. Es un local que tiene casi todo en formato tapa o ración, pensado para compartir. Tal y como están reflejadas, las opciones en la carta eran bastante difíciles de comprender, aun tirando de traductor. Pero la mujer, aunque no habla inglés, intenta ser lo más explícita posible con sus gestos mientras nos intenta decir qué era cosa en francés. Fue encantadora.

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Pedimos una tabla de quesos y embutido, ahí no acertamos mucho. Que el jamón no nos fuera a emocionar era previsible, pero ¿el queso? Pues el queso falló.. Nos recomendaron las patatas fritas de la casa y eso sí que podemos decir que estaba buenísimo. Luego un plato traducido por Mr. Google como caviar de berenjenas y mejillones, que también nos encantó. Media docenita de ostras (ya tocaba darle a las ostras, bastante típicas en la zona) y un tomate asado sobre una especie de sopa que debía llevar algo de nata y no sabemos qué más ingredientes, la salsa muy buena y el tomate sin más. Agua y una copa de vino blanco, que resultó ser la mejor hasta la fecha. Total, 35 euros. En su conjunto, no estuvo mal y, sobre todo, conseguimos cenar.

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A las 22:15 habíamos terminado de cenar y la noche había caído sobre Dinan. Nos quedamos alrededor del río un rato haciendo fotos y cogimos aliento para comenzar a subir la calle más bonita vista en Bretaña, hasta la fecha, una vez más.

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Ya de bajada, no había demasiada gente en Dinan (os recomendamos que intentéis ir fuera de las horas centrales del día para poderlo disfrutar), pero de subida estábamos solos. Nos acordábamos del trípode olvidado en Burdeos a cada rato. Qué fotos más bonitas se podían haber sacado por la noche. Y como no nos conformamos, y cuando viajas no hay dolor hasta que amaneces al día siguiente doblado, el que no escribe empezó a buscar rincones donde poder apoyar la cámara, cada vez más complicados y donde había que tomar posiciones surrealistas. Fue difícil, pero algún recuerdo nos pudimos traer en forma de foto y muchísimos en forma de risas.

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Dinan se queda solo al caer la noche. Es muy oscuro, pero sigue siendo encantador. Entre foto y foto llegábamos al hotel poco antes de medianoche, apenas unos minutos. Las escaleras empinadas nos esperaban y, detrás de la puerta, una habitación en la que daba gusto recogerse sin cosas perturbadoras. Además, aquel día sentíamos la paz de saber que a la mañana siguiente salíamos sin equipaje.

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Al día siguiente, teníamos planes, paisajes, un enclave muy, muy pintoresco y fuera como fuere queríamos llegar a Dinan con tiempo para poder visitar nuevos rincones desconocidos y asegurarnos la cena… ¿Sería posible?

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