5 de septiembre de 2019

Restaurante El Campero: el rey del atún de almadraba

¿Tienes planes hoy?
Sabíamos que conseguir mesa sería un imposible, pero contábamos con la posibilidad de sentarnos en la barra del Restaurante el Campero, situado en Barbate (Cadiz), para poder disfrutar de un buen atún de almadraba como la localización geográfica y las fechas requerían.  En una escapada de 5 días (puente de mayo) por la provincia de Cadiz, de la que hablaremos en las próximas entradas, no podía faltar un buen atún de almadraba. Y dicen que aquí se come el mejor...


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Y es que, entre abril y junio los atunes rojos surcan las aguas del atlántico, entonces es cuando el Campero se abastece de ellos para poder llevar a cabo un ultracongelado que permita disponer, durante todo el año, de tan preciado manjar.

El Campero lleva años estando en boca (tango figurada como literalmente) de los amantes de la gastronomía. En 2014  fue reconocido con dos soles Repsol, y también como el segundo mejor restaurante (sin estrella Michelin) de España en mariscos y pescados en Madrid Fusión. El paso del tiempo, ya 20 años desde que abrió, este restaurante, que ahora cuenta con un hermano en Zahara de los Atunes,  ha consolidado su fama basada en el buen hacer y una materia prima de excelente calidad.

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Y con ganas de comer atún llegamos a Barbate. Nos desplazamos hasta allí solo con la intención de poder probar alguna de las preparaciones, que José Melero, chef y propietario del restaurante, pudiera ofrecer en su carta.

El restaurante el Campero se encuentra en la C/Puerta de Ronda xx. Una zona residencial de Barbate, próxima a la playa, aunque no en primeras líneas. Dispone de una terraza exterior llena de mesas altas, que aquel día o estaban ocupadas o tenía sobre ellas un cartel de reservado. Cuando preguntamos, a esto de las 14.15 horas, nos dijeron que teníamos unas 37 mesas por delante de nosotros. ¡Socorro!

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Estamos de acuerdo en que lo suyo habría sido reservar, pero como el clima parecía inestable, fuimos improvisando nuestra escapada por el sur en función de la climatología y no queríamos comprometernos a nada, dado que también teníamos pendiente la visita a una Bodega de Jerez, de la que también hablaremos próximamente. El caso, que 37 mesas eran muchas mesas para cualquiera cuya paciencia no sea infinita.

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Así que entramos en el local y nos sorprendimos,. Nos encontramos un espacio bastante diáfano. Toda la parte central con una barra diseñada para comer en ella con banquetas altas. Decoración moderna, que no minimalista, con un toque acogedor, techos altos y espacio, a pesar de toda la gente que había. Y ruido, infinito ruido, provocado por un montón de gente que reía, hablaba, chocaba copas, movía platos, comentaba, compartía. Camareros a toda marcha atendiendo, público variado, niños que correteaban, jóvenes en grupos, parejas más discretas, familias… Un poco de todo.  Además de la barra varias mesas altas se repartían por el local, la mayoría ocupadas y las que no, reservadas. Tan solo nos quedaba la barra, donde había que gozar de la suerte que uno espera tener cuando busca aparcamiento, y es que, justamente por donde pases tú, en el momento en el que lo hagas, sea otro el que se vaya. Pero cuando hay mucha afluencia de público, para eso se tienen que alinear los planetas.

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Se alinearon y casi cuando parecía imposible, eso sí, tras esperar un buen rato, nos quedó un trozo de barra y dos banquetas. Pedimos la carta y… ¡comenzaba la fiesta!

La carta de El Campero es una oda al atún. Una entrega al producto tal, que resulta difícil creer que haya tantos cortes y elaboraciones diferentes del pescado. Cuesta decidirte y en ese momento te das cuenta, de que vives a casi 700 km de ese restaurante, con lo cuál tu elección no puede hacerse a la ligera, porque probablemente, si te gusta, la próxima ocasión no será pasado mañana.

Y así entre preparaciones con morro, ventresca, lomo, , contramormo, morrillo, tarantelo, barriga, parpatana, corazón, huevas, mojama, carrillada o facera, cocochas, era muy difícil decidirse.  Diferentes partes, más de 20 cortes, multitud de elaboraciones, desde las clásicas como  un encebollado hasta los toques asiáticos como el shashimi…

Si eres de los que no le gusta el atún El Campero no solo se surte de atún, tiene también otros pescados en su haber, al igual que alguna opción en carne. Aún así, salvo que tuvieras un problema de alergias, te recomendaríamos que probaras alguna de las elaboraciones que ofrecen, porque  estamos hablando de otra cosa diferente a lo que los “vulgares mortales” consideramos “atún”.

Saben que te va a costar decidirte, por eso hay la opción de poder tomar medias raciones. Nosotros esta vez nos decantamos por lo “crudo”, aprovechando que tenían un plato es llamado Surtido de crudos, y ante la dificultad de elegir entre otras tantas preparaciones, ese fue el elegido.

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El surtido de crudos, tal y como indica en la carta, es para dos personas y se compone de tartar de atún, tataki de atún y sashimi de lomo de atún.  Nos gustaron los tres, pero si uno destacó por encima del resto fue el sashimi, todavía pienso en el sabor a mar fresco al tomárnoslo. 

Un plato potente compuesto por tres elaboraciones y cortes diferentes del atún. En ambas el sabor del pescado era el auténtico protagonista. Un poco de soja para acompañar y unas esferificaciones sobre él, pero todo muy sutil, junto con el wasabi y el jengibre y un poquito de algas wakame. Excelente producto. El tartar de aliño suave y muy fresco. El tataki estaba bueno, pero probablemente fue lo que menos nos impactó-

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Pedimos también, porque reconozco que yo tenía mucho antojo, media ración de ortiguillas. Me encantan y en la zona de Cadiz son conmunes. La noche anterior cenando en Cadiz ciudad las pedimos, se habían agotado, y creo que eso me había generado una necesidad aún mayor de tomarlas.

Además, mientras comíamos, vimos como la mayoría de la gente pedía una tosta con atún, aparentemente crudo, y muy buena pinta. La tosta de atún y trufa.  Decidimos pedir una a compartir por pura gula y envidieja.

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Impresionante, creemos que hacía muchísimo tiempo que no probábamos una tosta que nos pareciera tan genial. Una espuma de alioli, el atún cortado como en tartar, tomate y la trufa. Esta que parece que cuando cae sobre algo lo impregna todo. Pues en aquella tosta todo iba en armonía. Lamentamos no haber pedido una para cada uno, porque aunque el estómago debería estar satisfecho con la comida, el paladar es implacable y quiere más. Solo que por no pedir y volver a esperar, decidimos plantarnos.

Todo lo anterior lo tomamos con un vino de la zona, el Barbazul, que nos marida perfectamente, para nuestro gusto con lo pedido.

Llega el momento del postre, decidimos pedirlo de nuevo. Chocolate en texturas es el elegido. Debo reconocer que no soy especialmente chocolatera, aunque me gusta, me gusta,  pero el que no escribe es un loco perdido del chocolate, aunque no le gusta cualquiera. Aún así lo elegimos porque nos entró por los ojos al ver como se lo servían a otros. Buenísimas las elaboraciones, tanto el bizcocho, como la crema o el helado. Fue un colofón perfecto para el festín, con dos cafés con hielo.

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Respecto al precio, la comida que os hemos relatado estuvo en 45 euros/personas. No es un lugar económico, pero personalmente la relación calidad/precio me pareció buena. El postre, encantándonos como nos encantó, quizá lo más caro teniendo en cuenta esta relación.   El producto que ofrecen es espectacular, la cantidad de opciones para degustarlo totalmente sorprendente… ¡A nosotros nos ha gustado mucho y lo consideramos un sitio especial y diferente!

Después de comer el paladar cosquilleaba (quizá el vino también), en 5 minutos llegamos a la playa. ¿Qué más le podíamos pedir al día? Allí sentados todo estaba en armonía...

La provincia de Cádiz no nos pilla muy a mano, pero nos encanta y vamos a volver. Cuando esto ocurra, también volveremos a El Campero. Ha sido un lugar que nos ha encantado, aun paladeamos ese atún de almadraba, aún recordamos la untuosidad de la tosta, el sabor a mar del sashimi, la suavidad del atún salvaje…

En nuestro mapa de turismo gastronómico ya tenemos puesta una estrella en Barbate, y esa está en El Campero

¿Tienes planes hoy?

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9 de agosto de 2019

Escapada de 3 días al Pirineo Frances (II): Navarrenx - Oloron - Hospital Saint Blaise

¿Tienes planes hoy?
Para ubicar esta entrada, es la segunda parte de nuestra escapada viajera al Pirineo francés, que realmente no fue una escapada, veníamos de realizar un roadtrip por Bretaña y Normandía y, a la vuelta hacia Madrid en coche, decidimos desviarnos un poquito para tomarnos tres días de descanso en un alojamiento con piscina en medio de la naturaleza.

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Así llegamos a Barcus, donde hicimos tres noches. En la entrada anterior os contamos nuestra primera y segunda noche. Descubrimos un paisaje maravilloso como fue la Garganta de Kakueta y nos dimos un homenaje en un restaurante carete, pero muy recomendable en la zona.

En esta entrada vamos a terminar de contaros el resto de rincones que conocimos en esta corta, pero intensa, estancia. Intensa por lo que la disfrutamos, porque hicimos un mix entre el modo viaje “descanso del viajero” y el “no me sé estar quieto”.

La segunda mañana que amanecimos en Barcus bajamos a desayunar, coincidimos con la pareja de vascos que había llegado el día anterior y a los que también vimos en el restaurante Chilo durante la cena. Aquella mañana, la conversación no fluía igual que con el desayuno del día anterior. Hablamos un rato sobre nuestras impresiones del restaurante, pero un rato breve, ya que cuando nosotros llegamos ellos ya casi están acabando de desayunar. Enseguida nos quedamos solos y los anfitriones nos preguntaron si esa noche cenaríamos en la casa. Les dijimos que sí. 

Antes de salir, estuvimos un rato hablando sobre Inglaterra con los propietarios del alojamiento, compartimos impresiones con ellos de tantos lugares como conocimos en otro de nuestros viajes de verano que se había desarrollado unos años atrás por el sur de Inglaterra, y que nos encantó. También nos llenó de folletos sobre lugares que podíamos visitar en los alrededores del alojamiento, tenía planes para todos los gustos. Nosotros veníamos bastante machacados de los recorridos que nos habíamos hecho por Bretaña y Normandía días atrás y nuestra intención era dar algún paseo tranquilo, más que hacer una batida turística por el lugar.

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Agradecimos sus ideas, cogimos el dosier de papeles que nos dió y salimos en busca de nuevos lugares hacia las 10 de la mañana. Había amanecido bastante nublado, aunque durante el transcurso del día fue cambiando hasta llegar a una soleada tarde.

Primera parada del día, Navarrenx. A unos 40 minutos del alojamiento hacia el norte. Navarrenx es una localidad pequeña llena de historia a sus espaldas. Dicen que su nombre viene de otro que significaba “límite con Navarra”

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Un lugar fortificado, dicen que en su día fue la primera ciudad abaluartada de Francia. Sus muros defensivos hoy están considerados monumento histórico, datan del s.XVI y se encuentran en buen estado de conservación.

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Está incluido en el listado que configura la Asociación de pueblos más bonitos de Francia. Viniendo de Bretaña y Normandía, como veníamos, el listón estaba muy alto, la verdad, pero sí que tiene encanto y la virtud de mantener una arquitectura bien conservada. 

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Navarrenx, además, tiene un pasado y presente muy vinculado al peregrinaje por formar parte del Camino de Santiago francés.

Desde los muros defensivos se tienen unas vistas sobre el río y el enclave en el que se encuentra y pasear por el casco histórico regala una experiencia muy agradable.

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Durante el paseo nos llamó mucho la atención y nos hizo gracia como en cada uno de los comercios había una especie de caricatura del propietario representando su oficio (carnicería, pescadería), muy cachondo.

Desde Navarrenx, ponemos rumbo hacia Olorón-Sainte-Marie, a unos 30 minutos más o menos. En Oloron no sabíamos hacia donde teníamos que ir. Es lo que tiene el Descanso del Viajero, que vas con intención de no hacer nada especial, pero no sabes estar quieto y acabas improvisando.

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Oloron aquel día estaba vacío, muerto, en coma,K.O. Aparte de nosotros, era difícil cruzarse a nadie por la calle. Por otro lado, tampoco conseguimos entender muy bien la distribución urbanística del lugar. ¿Dónde estaba el centro histórico de la ciudad? Necesitábamos una oficina de turismo que, por supuesto, no encontrábamos. Aunque la suerte estaba de nuestra parte, Olorón tiene catedral. ¡Pues hacia la catedral!

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De hecho, fueron dos cosas, principalmente, las que aquel día nos llevaron a Oloron, su catedral y la fábrica de Lindt (el que no escribe adora el chocolate en general y yo el Lindt en particular).

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La catedral de Oloron data del s.XII y cuando nosotros, por fin, dimos con ella nos encontramos la sorpresa de que estaba cerrada, se celebraba por la tarde un evento. Con las ganas nos quedamos de verla, aunque en su búsqueda fuimos conociendo rincones pintorescos de aquella ciudad dormida, atravesada por el río.

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Puentes con flores, casas en la rivera, y la plaza que rodeaba al templo románico (la catedral) que tenía bastante encanto. Eso sí, muy solitario todo.

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Visto el frustrado intento por conocer la catedral, nos damos al chocolate. A las afueras de la ciudad está la fábrica de Lindt. 

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Nosotros simplemente nos acercamos a la zona de la tienda, pero si alguno nos seguisteis durante el viaje por Instagram, igual recordáis cómo se nos fue de las manos el tema. Decidimos llevar chocolate a la familia, allí había varias modalidades que no habíamos encontrado en España aún, durante este año han ido llegando. Teóricamente, en función de los kilos y tabletas que te llevaras el descuento va creciendo. No os podemos garantizar que te salga más económico comprar aquí que allí, la verdad, nosotros simplemente nos dejamos llevar por la emoción. Una emoción que se puede cuantificar en 76 euros. Nada más que añadir su Señoría.

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Desde allí, nuestro próximo destino es L'Hospital de Saint Blaise. Allí se encuentra la Iglesia de Saint Blaise, originaria del s.XII, cuando se construyó allí el Hospital de la Misericordia, hoy solo queda esta iglesia que es considerada Patrimonio de la Humanidad la UNESCO. 

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Pero bueno, como no era el día de las iglesias, esta no iba a romper la cadencia y cuando llegamos encontramos la iglesia cerrada. Ya no nos sorprendía, otro templo sin ver. Como positivo, el enclave en el que se encuentra es muy bonito, pertenece al Camino francés 

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Al lado había un merendero, solo uno, para nosotros. Allí nos ubicamos con nuestro picnic y dedicamos un rato a hacernos esas fotos que nunca publicamos y que suelen ser intentos de fotos de estas moñas que dan mucha más risa que romanticismo. 

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Después de comer, dimos un paseo por los alrededores, como os decíamos el enclave es muy bonito. Un pequeño riachuelo lleva hasta el molino. El sol nos caía en vertical y picaba cosa mala. Así que el destino nos mandaba señales, no sería el día de las iglesias, pero sí lo iba a ser de la piscina.


A las 16:15 estábamos ya en nuestro peculiar alojamiento y poniéndonos a remojo. No sabíamos la animada tarde que se nos presentaba. 

Digamos que el agua de la piscina no te permitía tomártelo como un SPA, había que estar en movimiento si se quería evitar que la piel fuera tornando a un tono azul. Pero no pasaba nada, los propietarios de la casa tenían una especie de sillas flotantes que eran todo un desafío para el ingenio, lo divertido no era estar sentados sobre ellas, era conseguir sentarse. Estábamos ahí peleando con los artilugios cuando vimos que llegaban unos nuevos clientes al alojamiento.

Captó nuestra atención la forma en que se saludaron con los propietarios, tal y como conversaban nos hizo dudar de si se conocían o no. A los pocos minutos, la nueva pareja baja a la piscina y allí nos encontramos los cuatro.


Esa pareja de irlandeses va repartiendo la cordialidad que ya demuestran sus habitantes cuando vas a visitarles a su país. Así lo percibimos nosotros un par de años atrás cuando hicimos nuestro viaje por Irlanda durante 15 días. Fluye la conversación entre los cuatro, bueno, a ver, he utilizado el verbo “fluir” como una licencia literaria, porque es sabido por aquí que cuando nos toca comunicarnos en otro idioma, todo puede pasar. Por otro lado, la conversación se dió dentro del agua, ellos acababan de entrar y parecían cómodos, pero nuestros labios azules y la sonrisa congelada que nos gastábamos eran símbolos de hipotermia en nuestros cuerpos, de los que no parecían percatarse nuestros compañeros.

Tras ese fresco y buen rato, a las 18:00 decidimos subir a la habitación a cambiarnos para bajar, antes de cenar, a volar un ratito el dron.

El dron lleva el mismo camino que el el GPS de montaña que regalé al que no escribe. Ambos han sido un regalo. Ambos tienen todas las papeletas del mundo para ser los típicos regalos que nunca se acabarán sabiendo manejar en condiciones.

Lo que no sabíamos es que la salida para volar al dron iba a llevarnos a la situación que nos llevó. 

Salimos al camino que llevaba a nuestro alojamiento, totalmente intransitado y rodeado de verdes valles, a despegar el aparatito y coger un poco de práctica. Era el primer vuelo que hacía el que no escribe fuera del modo principiante, y lo mandó al infinito hasta casi perderlo de vista. Una chulada.

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Allí estábamos nosotros disfrutando del vuelo y de las imágenes desde las alturas de aquel lugar, cuando el sonido llama la atención del propietario de la casa, se acerca con cara de ilusión y nos dice que él también tiene un dron que le regaló su hijo hace tiempo, pero que no sabe cómo funciona.

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En su mirada se podía leer que tenía ganas no de enseñárnoslo, sino de que le ayudarámos. En unos minutos reapareció con su dron, un mando, ninguna instrucción y una gran inconsciencia. Plantó el dron en su jardín y se puso a mover las palancas y a apretar todos los botones a la vez, mientras decía que no conseguía que se moviera. Y efectivamente, él apretaba todo y eso no se movía, no se movía hasta que en una maniobra mágica, con alguna combinación aleatoria de movimientos, eso despegó cuando menos lo esperábamos y vino directo hacia el que no escribe y hacia mi. Tuvimos que apartarnos como pudimos para esquivarlo y acabó estrellado contra unos matorrales detrás de nosotros, mientras, el hombre se partía de la risa.

Nos miramos con cara de incredulidad, el propietario del alojamiento parecía feliz en su hazaña sin ser muy consciente de que los drones los carga el diablo. Teníamos miedo. En el segundo intento de vuelo de manos de su propietario, el dron salió disparado haciendo una parábola contra la maleza de la parte baja de la casa, no vimos dónde, pero oímos el golpe.

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Bajamos a buscarlo. Era una zona de campo, campo, con zarzas, madrigueras de topos y matorral espeso. Pensamos que ahí iba a ser imposible encontrar ese mini dron, porque sí, era muy pequeño. Hicimos una batida, como las que se hacen en las películas para buscar desaparecidos en el bosque, nos separamos para recorrerlo por zonas, principalmente nosotros dos, el hombre se quedaba misteriosamente atrás sin adentrarse mucho, pero sin parar de decir cosas que no entendíamos un carajo, pero, al menos en mi caso, no podía parar de reír porque me parecía tan surrealista la situación. Nosotros que aquella tarde nos las prometíamos tan felices con el dron, quién nos lo iba a decir. El hombre seguía hablando desde la distancia...

Por suerte para nosotros, el que no escribe fue iluminado por el azar y su pericia y encontró el dron cuando ya lo dábamos por perdido. Solo le faltaba una hélice, todo un milagro después de cómo sonó el golpetazo en la distancia. Es todo un héroe por encontrarlo en aquel lugar asalvajado. 

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Para ese momento se había echado encima la hora de cenar. No nos olvidemos de que estábamos en una casa regentada por británicos y la puntualidad era sagrada .

No nos había dado tiempo a volar mucho nuestro dron, pero el rato que pasamos con el dron del anfitrión de la casa fue inolvidable, risas y adrenalina asegurada. 

Para cuando salimos de la aventura, llevábamos pegadas a las zapatillas mil bolitas de pinchos de esas de campo y pajitas como si viniéramos de una expedición. Pero no nos dio tiempo a liberarnos de ello, porque en el salón la pareja de irlandeses nos estaban esperando para cenar todos juntos. 

Desde luego aquel alojamiento estaba siendo una caja de experiencias. Allí estaba la mesa puesta y ellos con su sonrisa esperando a que llegáramos. Máxima concentración para entender un 30% y hablar un 10%. A ratos perdíamos el hilo, intentábamos disimular, pero son listos, los muy canallas, y nos pillaban siempre que no entendíamos claramente. La cena se hizo muy divertida, confirmando el carácter encantador de los irlandeses. Y rica, muy rica. Melón con jamón, pato con salsa de naranja y cheesecake. El pato totalmente espectacular.

Aquella noche acababámos de nuevo en la zona de la piscina, tumbados en la hamaca mirando las estrellas…. Bueno, vale, aquel día más bien quitándonos las bolitas esas de pinchos que se pegan a las zapatillas, que no nos habían dejado un minuto para hacerlo.


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Al día siguiente volvíamos a Madrid. Hicimos una primera parada en la estación de Canfranc. Una estación actualmente cerrada y vallada a la que solo se puede acceder al interior a través de una visita guiada,. 

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En nuestro caso solo estiramos las piernas acercándonos al anden, que es de acceso libre y disfrutamos del impresionante edificio de esta estación que comunicaba, Francia y España con una historia sobre sus muros y vías. Quizá algún día le dediquemos una entrada

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Hicimos una parada en Jaca para que el camino se hiciera un poquito más corto. Aprovechamos para comer allí. Ya conocíamos su ciudadela de una parada que hicimos en otra ocasión. 


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Así que, principalmente, lo que hicimos fue dar un paseo, entrar en su catedral, la cual tenía preparado para el día siguiente la reinauguración del órgano y estaban en plena afinación.


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Y tras 20 días volvíamos a casa.

Bretaña y Normandía fueron los responsables de que acabáramos haciendo el descanso del viajero en este peculiar lugar. Una casa con unos anfitriones encantadores, él con ese sentido del humor británico y unas ideas de bombero, ella con una mano en la cocina espectacular y ambos con muchas ganas de acoger a sus clientes de una forma encantadora. 

Ese roadtrip por Francia nos llevó también a esta zona donde las estrellas parecían tiradas en el cielo por las noches, a puñados, donde el paisaje verde lo cubría todo, donde encontramos cascadas y muuucho chocolate. Algunos pueblos con encanto y, sobre todo, momentos tan divertidos… 

No había mejor forma de terminar unas vacaciones inolvidables de verano. 

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24 de mayo de 2019

Escapada de 3 días al Pirineo francés (I): Gargantas de Kakueta y restaurante Chilo

¿Tienes planes hoy?
¿Cómo llegamos al Pirineo francés? ¿Por qué elegimos este destino? ¿Cuándo fuimos? ¿Qué vimos? ¿Dónde nos alojamos, comimos, cenamos? Todas estas preguntas y varias anécdotas son las que vamos a responder en esta entrada y la siguiente. Porque esta corta escapada realmente forma parte del final del viaje que realizamos en el verano de 2018. Un viaje que nos llevó desde Madrid, en coche, hasta Bretaña y Normandía (Diario del viaje Bretaña y Normandía)

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Después de un viaje como aquel, durante 17 días, éramos conscientes de que íbamos a necesitar unos días de descanso antes de volver a casa. Como íbamos con nuestro propio coche decidimos, a la vuelta, hacer lo que nosotros denominamos “el descanso del viajero” en un lugar cuyo protagonista fuera la naturaleza. Y así acabamos en una casa en medio del campo, pero que pertenecía al pueblo de Barcus, territorio histórico vasco-francés de Sola (Aquitania, Francia).

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Elegimos una casa con piscina porque nuestra intención era, básicamente, tirarnos a la bartola con buenas vistas, un bañito por aquí, otro bañito por allá y tres o cuatro paseos. Pero como nos suele pasar, no fuimos capaces de mantener tanto reposo y acabamos visitando lugares coquetos, algún paisaje realmente precioso y un restaurante genial. Y, sobre todo, acabamos viviendo momentos realmente divertidos, en parte, gracias al alojamiento que elegimos, que nos ha regalado recuerdos inolvidables.

El resumen de lo que realizamos durante los tres días fue:

Día 1: Llegada desde Poitiers a Barcus, bienvenida en el alojamiento, baño en la piscina, cena en mesa compartida y noche bajo trillones de estrellas.

Día 2: Ruta de senderismo a la Garganta Kakueta, tarde de piscina, y cena espectacular en el restaurante Chilo.

Día 3: Navarrenx - Oloron - Tienda Lindt - L'Hopital Saint Blaise.

Día: Desayuno en alojamiento y vuelta hacia Madrid con parada en Jaca. 

Últimamente se ha hecho muy popular el término de “slow life”, sí así somos, hacemos “roadtrip”, buscamos “slow life” y damos “tips” sobre viajes y, lo peor es que, esto se estandariza tanto que a veces te cuesta encontrar la palabra en castellano para definir lo que quieres contar, drama total… Luchamos contra ello, pero es difícil sucumbir muchas veces. Y una vez hecho el desahogo continúo con lo que os íbamos a contar, que lo de disfrutar de un “turismo tranquilo” , pausado, relajado es muchas veces necesario. Porque hay muchas formas de viajar y cada una tiene su momento.

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Sobre esta escapada vamos a hacer dos entradas, va a seguir un poco la estructura de los diarios de viaje, pero agrupando el primer y segundo día en esta, y en la próxima el tercer día y regreso. No vamos a hacer una entrada solo de preparativos del viaje porque como os comentábamos veníamos de Bretaña y Normandía y esto simplemente fue un desvío en el camino.

De todas maneras, a modo de resumen deciros que llegamos en nuestro propio coche, como ya habíamos indicado. Que el alojamiento que elegimos, y va a ser bastante protagonista en estos relatos, fue Callary Park en Barcus, un chalet regentado por un matrimonio de británicos que tienen 3 habitaciones disponibles en su casa de campo. 

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Las tres noches que estuvimos allí solo se ocuparon dos, la nuestra y la otra, que iba rotando con nuevos viajeros. Los desayunos estaban incluidos y se hacían en una mesa   de comedor  todos juntos y por las noches, si lo deseabas, te preparaban la cena ( y qué bien la preparaban) Si los otros huéspedes habían elegido cenar allí, pues todos juntos disfrutábamos de aquel instante. De los mejores momentos de la estancia, por cierto.

La habitación no era muy grande, pero sí suficiente. No tanto el baño, lo bueno es que te pillaba a mano el lavabo, inodoro y ducha, ni una paso los separaba a los tres. 


La casa disponía de una piscina con horario libre de baño y el agua un poco fresca y alrededor de la casa un jardín bastante hermoso, que el que no escribe y yo tuvimos la oportunidad de conocer al detalle por una anécdota que pasó la segunda noche de estancia y contaremos en la próxima entrada.

Para llegar a este alojamiento tienes que adentrarte en una carretera estrecha rodeada por kilómetros de laderas verdes, por donde parece que no hay nada más que un tractor que nos encontramos varias veces. 

El lugar es realmente bonito y está tan solo a 3 km del pueblo. El día de nuestra llegada lo hacíamos sobre las 19.30 horas. En un correo previo nos habían preguntado si íbamos a querer cenar allí, al decirles que sí, no había mucho horario que elegir, las 20.00 horas es el momento de cenar en Callary Park. El detalle es que antes de reservar la cena nos hicieron llegar lo que sería el menú de aquella noche, todo muy profesional.

En treinta minutos, incluyendo presentaciones “jijis” y “jajas” no nos quedaba demasiado tiempo antes de la cena. Lo cierto es que para ser británicos nos pareció hasta buena la hora, porque nos temíamos que nos hubieran dicho que había que cenar antes.

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Aquel día no sabíamos cuál era la dinámica de la cena en aquel lugar, así que después de que “el que no escribe”, que como os he dicho en otras ocasiones lleva una madre dentro, deshiciera su maleta, mientras yo le miraba medio tumbada desde la cama, movil en mano, bajamos al comedor a la hora en punto (ya se sabe lo de la puntualidad británica, algo que confirmaríamos después) y nos encontramos una mesa puesta con cuatro cubiertos enfrentados unos a otros. Vaya, pues parece que no estábamos solos para cenar.

Y sí, así de entrada aquella noche, al menos, el castellano iba a fluir, porque una pareja de valencianos se cruzaba en nuestro camino .  Ellos venían de Luxemburgo, Paris y Alsacia, en su coche, parece que el descanso del viajero nos unía. Con la diferencia de que ellos a la mañana siguiente continuaban su camino hacia Valencia y nosotros nos quedábamos. La conversación fluyó.

Cenamos muy bien, esa mujer tiene mano en la cocina, y buen gusto. Entrante de higo caliente enrollado de jamón serrano sobre una cama de lechuga. De principal, pechuga de pollo con champiñones y verduritas.  De postre un tiramisú riquísimo y café. 20 euros por persona el precio de la cena, que de verdad estab muy buena y que encima mientras la mujer cocinaba el hombre nos iba sirviendo con toda su amabilidad, además de ambientarnos con música y una pantalla con imágenes del lugar. Todo muy sorprendente.

Antes de que nos levantáramos de la mesa, el anfitrión ya había ido a la zona de la piscina, a la que se accedia directamente desde el salón-comedor, a encender unas cuantas velas que repartió por los exteriores e iluminar la piscina. Si eso no es ponerle cariño para que tus anfitriones se sientan bien…

Y no le podíamos hacer el feo de no salir un rato a fuera y sentarnos en sus hamacas a la luz de las velas después de ese empeño, vale, nos moríamos por hacerlo también, lo reconocemos…

Subió un poco más la música ambiental para que llegara al jardín y allí estuvimos hasta que notamos el silencio, ya nada sonaba  y nos pareció que nos mandaban un mensaje críptico que nos decía “venga majos, a dormir ya, se acabó la estancia romántica por hoy, que me quiero acostar”, serían las 23.00 horas. Aunque él nos sonreía amablemente.Nos pareció una hora razonable para el retiro a nuestro aposentos.

A la mañana siguiente el desayuno nos esperaba, por supuesto en la misma mesa que la cena anterior. Allí coincidimos de nuevo un trocito de Valencia con un trocito de Madrid, nos deseamos buen viaje mutuamente y cada uno tomamos un destino. 

Antes de salir nos preguntaron si cenaríamos en el alojamiento esa noche, les comentamos que habíamos oído hablar maravillas de un restaurante que había en el pueblo, Chilo, se llamaba y habíamos reservado. Nos puso cara de “qué gran elección” y mirada de sorpresa porque lo conociéramos y nos comentó que a ellos les iba perfecto porque esa noche, al menos la mujer, tenían algún plan.

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Y con la agenda cerrada nos fuimos a disfrutar un poco de la naturaleza, concretamente el plan era conocer la cascada Kakueta. Si estáis cerca de este lugar os recomendamos muchísimo que os acerquéis a conocerlo, porque es un lugar precioso. Si os gusta la naturaleza y los paisajes os encantará.

La garganta de Kakueta se encuentra en un paraje protegido en el País Vasco-francés, a unos 40 minutos de Barcus, pero por ejemplo si estáis cerca de la frontera por la zona de Navarra también pilla muy a mano.

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El recorrido total de ida y vuelta es poco más de 4 kilómetros, y se trata de una garganta que tiene habilitadas unas series de pasarelas durante un tramo y que como premio final te regala la vista de la bonita cascada Kakueta y acaba en la Gruta. El agua brota casi de cualquier rincón, hay tramos de sendero, otros con algún tunel… Muy entretenida, pero no apta para sillas ni carritos.

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Hay algún tramo en el que ambas paredes de la garganta están separados por escasos 3 metros de distancia. 

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Un paisaje verde, frondoso, de gran belleza y con muchísima humedad ambiental, por cierto. ¿Esto qué implica? Que hay tramos bastante resbaladizos, por lo tanto, aunque sea un recorrido totalmente accesible y corto, llevad un calzado apropiado para realizarlo. Mi fobia a “deslizarme” me hizo pasar algunos momentos tensos, que solo me ocurrieron a mi, cierto, pero que no era la única que deslizaba también es cierto. Así que si os planteáis este recorrido que no falte el calzado adecuado.

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Esta garganta no es visitable durante todo el año, solo durante la temporada del 15 de marzo al 15 de noviembre pertenece abierta. Hay que dirigirse hacia Sainte-Engrace y seguir las indicaciones hacia las cascadas (dejamos ubicación). Tiene tienen habilitado un enorme aparcamiento gratuito para dejar el coche.

Pero no todo es gratuito, en este caso adentrarte en la naturaleza tiene un precio de 6 euros persona. Ya cada vez nos sorprende menos esto, todas las gargantas internacionales que hemos visitado hasta la fecha tenían precio.  Los niños pagan a partir de los 7 años (4,50 euros en 2018). 

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No es un lugar muy popular, pero en cambio en algunos lugares hemos leído que es una de las gargantas más salvajes (difícil pensar en esto pagando entrada y con un aparcamiento a unos metros, pero bueno) y bonitas de Europa. Lo cierto es que a nosotros nos encantó, la conforma un paisaje muy pintorescos, a ratos te transmite una imagen tropical, a ratos una imagen montañosa. Se entremezclan diferentes elementos que la hacen muy atractiva.

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Para adquirir la entrada a la zona desde el aparcamiento se asciende por la carretera hasta el Bar “La Cascade”, allí dentro pagas el importe, y unos metros antes desde una caseta te piden que muestres el ticket. Desde ahí comienza un camino en descenso importante y la ruta se da por comenzada.


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Podéis llevaros vuestro picnic para comer allí, hay muchos rincones idílicos, pero si necesitáis más comodidad también se puede comer a la vuelta en el propio bar que vende la entrada, o bien, justo antes de llegar al bar (a la vuelta) hay una especie de mesas tipo merendero para quién necesite más infraestuctura. Nosotros no la necesitamos, pero acabamos allí tomando nuestra comida.


La subidita de vuelta desde el lago (y zona de merenderos) hasta el bar es corta, pero tiene una inclinación estupenda para bajar la comida en cuestión de minutos.

Y como aquel día nos encontrábamos en modo “descanso del viajero”, decidimos teníamos que aplicarnos un poco más en esa faceta, quitarnos los pantalones de montaña y las botas e irnos al alojamiento a darnos un baño antes de disfrutar de la cena que nos esperaba en el restaurante del que os vamos a hablar a continuación.


Así, hacia las 15.30-16:00 estábamos en la piscina, dándonos unos baños solos en la piscina como dos campeones.

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A las 20.30-21.00 más o menos teníamos reservada mesa en el Restaurante Chilo, en Barcus.  Teníamos buena referencias del lugar, más o menos a la altura del precio, sí altito. Pero bueno, a nosotros lo que es el mundo gastronómico, nos suele dar grandes alegrías y total, estábamos clausurando, casi, el super viaje del verano 2018, así que un buen homenaje nos merecíamos.

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Y sí, el precio de la carta es elevado, tiene también la opción de un menú que fue por lo que nosotros optamos, que incluía platos de la propia carta. El menú incluía dos entrantes  a elegir uno, dos platos principales a elegir uno y dos postres a elegir uno. En nuestro caso decidimos pedir todos los platos, así podíamos probarlos sin excepción.

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La experiencia en el Restaurante Chilo aquella noche fue maravillosa, tienen una preciosa terraza en la que te cae la noche encima sin que casi te des cuenta. Un ambiente muy agradable, un servicio impecable, a pesar de tener nuestras dificultades para entendernos,  y gastronómicamente nos gustó mucho también. Por supuesto, hubo platos que estuvieron por encima de otros, pero de forma global nos alegramos muchísimo de ir.

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Fue muy divertido aguantar la compostura con la presentación de cada uno de los platos, en francés, en la que nos narraban ingredientes y forma de cocinado de cada elaboración. Bueno, imaginamos que eso nos decían, como suele ser habitual que hagan.Algo entendimos y todo, o eso creemos.

Lo dicho, no es un restaurante cualquiera, tiene algo especial (a pesar del precio jaja) y cerró aquella jornada de una forma maravillosa.

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Del restaurante a nuestro alojamiento no nos separaban ni 10 minutos en coche, eso sí, 10 minutos por monte cerrado y carretera estrecha, lo bueno, que a parte de nosotros nadie más nos encontramos por el camino.

Cerramos aquella noche de nuevo bajo las estrellas, con todo el atrezzo montado por parte de nuestros anfitriones para que pudiéramos cerrar un día de la mejor manera posible.

Al día siguiente, de nuevo no supimos quedarnos quietos y descubrimos nuevos rincones de la zona por la mañana, además de pasar una tarde-noche en el alojamiento de lo más “entretenida”....

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