28 de marzo de 2018

15 días por el norte de Italia. Día 14: Milán

Tienes planes hoy
En su día decidimos que cerraríamos el círculo de nuestro viaje de 15 días por el norte de Italia en Milán. La idea aquel día, tras estar el día anterior disfrutando de la maravillosa ciudad de Verona, era ir a Milán y despedirnos del coche de alquiler. 

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Aunque el primer día  de viaje cogimos el coche en el aeropuerto de Bérgamo, consultamos con la compañía de alquiler si tenía algún coste adicional devolverlo en Milán y, en esta ocasión, no lo había. Así que, aquella mañana, cuando amanecimos en Verona, cerramos maletas, desayunamos exactamente igual que el día anterior y cogimos el coche con la intención de llevar a cabo nuestros planes.

Pagamos el aparcamiento, nos cobraron dos días completos, 14 euros. No era caro. Y comenzamos la ruta hacia Milán, unas dos horas de viaje nos separaban. Por la carretera íbamos dejando a un lado salidas de lugares en los que ya habíamos estado. La salida hacia Peschiera di Garda, para adentrarse en el Lago di Garda estaba totalmente colapsada, pobrecillos. Nosotros ya sabíamos lo que era eso.

Viajamos por autopista, el trayecto supuso 11,30 euros de peaje, y a las 11 de la mañana entrábamos en Milán. No íbamos mal de tiempo y aún teníamos margen, si no nos entreteníamos demasiado, para pasar primero por el hotel a ver si con suerte podíamos dejar las maletas, aunque no estuviera la habitación, y luego dejar el coche. De esa manera desde la oficina no tendríamos que ir cargando con el equipaje y podríamos empezar a conocer la capital de la moda lo antes posible.

Nuestro alojamiento estaba situado en el barrio del Navigli de Milán. Elegimos esta ubicación buscando un poco de ambiente por la noche. Se trata de la zona de los canales de la que hablaremos un poco más adelante. 

Al entrar en Milán con el coche, e ir atravesándolo, nos encontramos con un paisaje en el que todo estaba cerrado, bares, tiendas. Aquel 16 de agosto Milán parecía colgar un cartel en el que pusiera “ciudad cerrada por vacaciones”. Aprovechamos para llenar el depósito de la gasolina.

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Llegamos al hotel, me quedé en el coche para no buscar aparcamiento y el que no escribe con maletas en mano intentó hacer el registro en el hotel. Hubo suerte, la habitación estaba lista. El hotel era el Art Navigli, un 4 estrellas en el barrio antes mencionado, pero metido en una calle muy tranquila. Nos pareció una muy buena elección, la  habitación era amplia y cómoda. El mejor de todo el viaje.

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En pocos minutos el que no escribe está en el coche y ponemos rumbo a la oficina de Europcar situada cerca de la Estación Central de Milán. Tan solo tardamos unos 15 minutos. Nos toca despedirnos del coche, un vínculo de 1638 km y 34 horas de conducción se ha creado entre nosotros.. Lo más curioso de las cifras, es que tras 14 días el coche nos dice que la velocidad media ha sido de 48 km/h, pura adrenalina. ¡Adiós, gordito! Así nos despedimos (somos unos sentimentales)

A las 12.15 de la mañana estamos comenzando nuestro paseo a pie por la ciudad, vamos camino de la Estación Central, a la que se llega en 5 minutos. Allí nos acercamos a las taquillas para coger algún tipo de ticket de transporte que nos llevará hasta la zona del Duomo de Milán. Una amable trabajadora del suburbano nos recomienda que cojamos una tarjeta cuya duración es de 24 horas por 4,50 euros persona. Nos parece muy razonable, es apta para el Metro y los tranvías.

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Y así, en 15 minutos nos plantamos en la Plaza del Duomo de Milán, presidida  por la impactante catedral de la ciudad.  Una plaza de 17.000 m2 , en el considerado centro de la ciudad.

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En ella aparte se encuentra la entrada a las Galerías Victorio Enmanuelle II, en el centro la escultura ecustestre del Rey Victor Manuel y la vida, los comercios, los turistas y la historia son otros de los habitantes del lugar.

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Nuestra intención, lo primero era visitar la catedral. Para ello había que acercarse a unas oficinas que había en el lateral del templo, que es una especie de centro de visitantes. Nada más acercarnos aquello recuerda mucho más al INEM. Una fila eterna que da paso al interior, lleno de mostradores, unos cuantos carteles digitales con números y una maquina para sacar un ticket que te asigna turno.  Por supuesto, infinitas personas.

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No vemos la luz, no recordamos la cantidad de personas que teníamos delante, pero eran muchas. Vemos que hay unas máquinas para poder sacar tú mismo los ticket s de entradas, y que la cola para hacerlo de esta manera es muchísimo menor. Decidido, abandonamos nuestro número y vamos a ello. La entrada que incluye catedral, baptisterio y la subida a los tejados asciende a 16 euros persona.

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De ahí fuimos directos a la entrada de la catedral. De nuevo fila e iba lenta, el sol apretaba con todas sus fuerzas y, además, el control de seguridad a las puertas era minucioso. Importante, al igual que comentamos al principio del viaje, para entrar en las iglesias, las camisetas de tirantes, pantalones, faldas y vestidos muy cortos no se considera código de vestimenta apropiado para la visita. Así que lo ideal es llevar algún pañuelo largo, camisetas de manga larga, etc en la mochila para poder adaptarse, o en mi caso, que no llevaba nada de eso, tirar de los pantalones cortos hacia abajo, para que se alargaran todo lo posible. Y funcionó.

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En la puerta el control de seguridad estaba en manos de los militares con su traje de camuflaje, metralletas y detectores de metales. Tocaba vaciar bolsas, abrir cajitas sospechosas y lo que surgiera, no pasaban detalle por alto.

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La Catedral de Milán no es fresca, pero es preciosa. Solo por ver un templo así merece la pena, al menos una vez en la vida, hacer una parada en Milán. Desde que se puso su primera piedra hasta lo que se considera el final de su construcción pasaron casi 6 siglos.  No nos queremos entretener en toda la historia que ha rodeado este monumental edificio porque la entrada se podría ir de las manos, pero desde luego es un imprescindible de Milán.


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El marmol negro que cubre el escondido ladrillo, las columnas y sus impresionantes vidrieras no dejan indiferente. Es una de las mayores catedrales católicas del mundo, con una fachada de marmol blanco.

Hay que fijarse en los detalles y, desde luego, en esta ocasión una visita guiada habría sido muy interesante. Sarcófagos, esculturas, detalles arquitectónicos. Habíamos oído hablar de este lugar y, salvo por el calor que hacía en su interior, no nos decepcionó, al contrario.

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Nos cruzamos con una escultura en la que es imposible no fijarse. San Bartolomé Desollado, una obra de Marco d'Agrate ante la que uno se queda paralizado al ver aquel ser humano despojado de su piel,  que lleva enrollada alrededor de una parte de su cuerpo, y donde se pueden apreciar todos los detalles de la anatomía humana bajo la piel, los músculos, las venas talladas en … ¡marmol! La expresión contribuye aún más a dejar, en el que lo ve, esa sensación que varía entre la perturbación y el alucine.

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También visitamos la cripta, con las reliquias de San Carlo de Borromeo. 

Aquel día no era posible pasear por el pasillo central del templo, no sabemos si es lo habitual. Y así nos pasamos un rato mirando hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados hasta dirigirnos al Baptisterio de San GIovanni alle Fonti, cuya característica principal es su forma octogonal. No se descubrió hasta finales del  s. XIX bajo la catedral. Bajar al Baptisterio supuso un alivio, allí, en ese lugar que dicen que probablemente su año de construcción fue entre el año 378-379, hacía fresquito de verdad. Confesamos que en dos ocasiones pegamos los mofletes a las paredes de piedra.

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Terminamos la visita y decidimos dejarnos la subida a la terraza (tejados) de la catedral para el momento en el que la tarde comenzara a caer, los motivos principales eran dos, mejorar la temperatura y mejorar la luz para poder disfrutar de las vistas.

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Así que desde ahí, con muchísimo calor, nos acercamos directamente al Mercato del Duomo, que estaba al lado. Eran las 15.00 horas, un poco tarde, no era momento de dar muchas vueltas. El Mercado del Duomo es un espacio gastronómico que se divide en varias plantas y ofrece diferentes propuestas, tiene un bistró, tiene un restaurante y diferentes mostradores en los que ofrecen alternativas variadas. Compras y luego te lo puedes tomar en cualquier espacio disponible, y habilitado, en cualquiera de las plantas. Un concepto que nos puede recordar, salvando las distancias al Mercado de San Ildefonso de Madrid, en un momento dado. Y que actualmente en España también encontramos. Ya os decimos que lo elegimos por proximidad y, de hecho, aquel día no elegimos muy bien. Dos bocadillo variados, piña cortada, dos coca colas, y dos cafés. Unos 22 euros. Pero se estaba fresquito. Por si alguno paráis por allí comentaros que sí tenéis ganas de ir al baño el precio en este lugar es de 0,50 céntimos, pero si luego consumes algo en el lugar te los descuentan de tu consumición. Esto sí que no lo habíamos visto nunca.

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Aquel día el cansancio  que arrastrábamos del viaje estaba pasando factura casi desde que empezamos por la mañana. Se notaba que llevábamos un buen tute y, por supuesto, el calor no ayudaba. Tras descansar un rato en el mercado, nos volvemos a echar a la calle. 

Vamos a entrar en las Galerías Vittorio Enmanuelle II. Estas galerías comerciales tan espectaculares conectan la Plaza del Duomo con la de la Scala, algo de lo que no seríamos conscientes hasta el día siguiente, por cierto.

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Las galerías, de techos acristalados y hierro fundido, con las fachadas de los edificios y los escaparates de las tiendas de moda, conforman un espacio comercial de gran belleza, que aquel día, hacía un poco el efecto invernadero, aunque se estaba mejor que en la calle. El centro es octogonal. En ese punto se puede encontrar un mosaico, con la ilustración de un toro y que tiene un hueco en el que cabe el talón. Dicen que hay meter el talón dentor y, aquí vienen diferentes teorías,  dar una vuelta con los ojos cerrados, o dar tres vueltas sobre sí mismo, para volver a la ciudad.  Pues para allá que vamos, a dar nuestras vueltas. Nosotros optamos por la opción de dar tres vueltas, era una forma de abarcar las dos posibilidades, aunque creo que cerrar, no cerramos los ojos. ¿No nos digáis que la hemos liado?

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Desde allí ponemos rumbo al cuadrilátero de la moda, que estamos en Milán. Está ubicado en la zona centro de Milán y abarca el espacio comprendido entre Via Montenapoleone, Via della Spiga, Via Alessandro Manzoni, y Via Sant’Andrea. Nosotros llegamos hasta allí por la Vía Corso Venezia.

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Esta última calle es una vía ancha que aquel día no tenía demasiada gente y fue el anticipo de lo que nos encontramos cuando comenzamos a callejear. El cuadrilátero lo conforman calles peatonales llenas de escaparates de tiendas de alta costura la mayoría. Pero aquel día, en el que Milán estaba de vacaciones, muchos de ellos se encontraban tapados y el 90% de las tiendas cerradas. ¡Menuda decepción! Es una zona bonita, pero claro, una zona comercial cerrada pierde bastante…

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Así, durante un rato más, dejamos que sea nuestro instinto el que nos diga por qué calles meternos y vamos saboreando un poco más de la ciudad.

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Con la tarde avanzada y la luz del sol en decadencia decidimos que es el momento de subir a la terraza del duomo. Nos toca esperar un poquito y pasar, de nuevo, un exhaustivo control de seguridad militar.

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Subir a la terraza del Duomo es otro de los imprescindibles en Milán. El paseo por sus tejados, rodeados de sus infinitas agujas, coronadas por esculturas y su multitud de gárgolas, que ayudan a desaguar cuando llueve, es una experiencia genial.

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Aparte, por supuesto, las vistas que desde allí se obtienen, donde ves a la gente como si fueran pequeños bichillos y los edificios como si fueran gigantes a su lado, merece muchísimo la pena.

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Lástima que, como casi siempre cuando viajamos, algunos andamios se colaron en nuestra visita. 

Estuvimos un buen rato arriba, nos sentamos, hicimos fotos, miramos… Justo hasta el momento en el que dieron el aviso por megafonía que anunciaba el cierre, las 18.30 horas.

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Al llegar de nuevo a la plaza, parecía que todos los milaneses y turistas habían salido de sus cuevas y se disponían a disfrutar de la ausencia de sol. La luz del atardecer estaba preciosa y nos quedamos un rato por la plaza, haciendo fotos y dejándonos llevar por el ambiente. Tan emocionados estábamos que vienen a vendernos unas pulseritas de estas de la suerte, bueno, vienen directamente a mí, con las típicas pregunta del tipo, de dónde eres,  “esto es un regalo…”

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El típico cordoncito de hilos de colores que se supone que te atan y tienes que llevar hasta que se caiga. Cuando el que no escribe se aproxima, le colocan otra a él. Otro regalito, se supone. Bueno los regalitos al final son dos euros y 7 meses después siguen en nuestras muñecas sin un mínimo atisbo de querer deshacerse nunca.

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Estábamos exhaustos, pero el día no terminaba. Decidimos que es un buen momento para coger el tranvía 3 que nos llevaría al Navigli, el barrio en el que tenemos el alojamiento y goza de muy buena fama en cuanto a ambiente se refiere. Aunque sí por algo es conocido es por sus canales.

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En Milán se crearon unos canales artificiales para poder comunicar la ciudad con el mar. En el s. XII nació la idea, solo que los resultados no fueron muy satisfactorios, aunque hicieron su función. Fue en el s. XVI cuando Leonardo Da VInci metió baza para para mejorar la red de canalización, llegando a llevarla hasta zonas como el Lago Como. Por los antiguos canales llegó piedra para construir el Duomo, y siglos después, entre otras cosas, también llegó papel para imprimir sus periódicos.

A principios del s. XX, cuando otros medios de transporte ya estaban en auge, la mayoría de los canales que pertenecían a la red se hicieron desaparecer, pero hoy en día en lo que se conoce como la Dársena se unen dos de los canales que se han dejado, el Canal Grande y el Canal Pavese. Y a ellos llegamos cuando de verdad se pronunciaba el atardecer.

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El último domingo de cada mes, en el Navigli se celebra el Mercado de Antigüedades de Milán. Pero aquel día no era domingo, ni tampoco el último de mes, eso sí, aunque la ciudad desde a la que llegamos aquel día, salvo en momentos concretos, parecía dormida, en el Navigli parecían estar todos.  A los márgenes del canal terrazas y terrazas, muchísima gente tomanto el conocido “aperitivi”, refrescos, Spritz, música, gente… ¡mosquitos!

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El cansancio se ve apaciguado por el buen ambiente, también por el pensamiento de que el viaje estaba tocando a su fin, pero aún nos quedaba esa última noche en Italia, y una mañana al día siguiente.

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Al azar elegimos una de la terrazas que encontramos en el paseo a lo largo del canal, tenía una mesa chiquitita libre, no lo dudamos, era para nosotros.

Aquella tarde descubrimos una tendencia en muchos de los bares de allí, eliges tu bebida y puedes entrar dentro a servirte lo que quieras para acompañarla (sí, el Aperitivi). Un buffet libre y variado con cosas tan diversas como palomitas y pizza, o verduras, perritos, ensaladas, dulces. Un remix de combinaciones que parecían imposibles, pero abarcaban muchos gustos. La carta de bebida además propone diferentes tipos de Spritz, además del clásico que disfrutamos en Venecia. Nos quedamos,  Martini rosato con prosecco para el que no escribe, y Spritz de fresa para mí. El precio persona es 11 euros y, a pesar de tener un mundo de posibilidades para comer, estábamos tan cansados y habíamos pasado tanto calor que lo que más triunfó en nuestra mesa eran las raciones de sandía. ¡Quien nos ha visto y quién nos ve, a los amantes de los callos madrileños!

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¡Qué gozada y qué buen final de día! Después de un buen rato allí ponemos rumbo al hotel, caminando, con la noche ya cerrada por el barrio. Apenas estaba a unos minutos y resulta un grato paseo

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Al entrar al hotel nos espera otra sorpresa, nos dicen que estamos invitados al “aperitivi”, (otro), pero como llegamos un poco tarde queda poco que comer y nuestras ganas aún son menores. Ahora, el camarero del hotel resulta ser encantador y motivadísimo a practicar su español con nosotros, nos ofrece prepararnos un cocktail por cuenta de ese aperitivi que no tomamos. El que no escribe se apunta al Prossecco, para no mezclar. Y yo, para continuar con la línea sana, pido uno sin alcohol que resulta ser una combinación de zumos de frutas muy refrescante.

El hotel tiene una terraza con hamacas y sillas en la azotea. No había nadie, cogemos una tumbona para cada uno y ponemos las piernas en alto. Las pobres, entre unos días y otros, están en ese punto en el que ya no recuperan.

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Maravilloso final de día. Teníamos que disfrutarlo, aún sabiendo que abajo nos esperaban unas maletas que había que hacer a conciencia. Maletas que habían sido abiertas y cerradas muchísimas veces, ropa que había pasado de una a otra, un montón de utensilios auxiliares, etc.  En ese momento nos daba igual, alargamos la estancia en la terraza todo lo que pudimos.

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Eso sí, antes de irnos al día siguiente, porque el avión salía a las 21.00 de la noche, teníamos planes, varios planes más para Milán y para no dejar que Italia se nos escapara de las manos.

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26 de marzo de 2018

15 días por el norte de Italia. Día 13: Verona

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Verona es una ciudad conocida popularmente por la dramática historia de amor que nació de la pluma de William Shakespeare, la historia de los dos amantes más intensos de la literatura, Romeo y Julieta. Pero no solo por esta historia Verona resulta una ciudad romántica. Sus calles, fachadas y las velas de las terrazas de los restaurantes en las noches de verano contribuyen mucho a exaltar el carácter de la ciudad italiana. 

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El primer contacto con la ciudad, durante la tarde anterior, nos había dejado muy buen sabor de boca. Si bien es cierto que andábamos un poco nerviosos por el tema de las entradas que teníamos para asistir aquella noche en La Arena de Verona, teníamos que intentar imprimirlas y buscar una solución para el código de vestimenta que se solicitaba. La Novena Sinfonía de Beethoven nos esperaba. 

Del alojamiento salimos hacia las 10:30, sin demasiadas prisas. Hay que tener en cuenta que el desayuno llevaba su tiempo. En el B&B, nos dejaban a nuestra disposición todos los productos en la cocina y nosotros mismos nos lo teníamos que preparar. Así, en principio, somos más de que nos lo preparen, llamadnos exquisitos, pero esta vez es lo que había. No estuvo mal, tenía un poquito de todo sin destacar nada concreto.

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Íbamos más o menos tranquilos, aquel día lo teníamos íntegro para la ciudad, así que nuestra primera misión era acercarnos a la Oficina de Turismo para adquirir la Verona Card de 24 horas. En 2017, tenía un precio de 18 euros persona. Esta tarjeta incluye la entrada a algunos de los puntos emblemáticos de la ciudad, hicimos un cálculo rápido y vimos que, solo con entrar a La Arena (anfiteatro romano) y subir a la Torre Lamberti, el precio se igualaba.Teniendo en cuenta que, con ella, se evitan las colas y que eran dos lugares donde queríamos entrar, decidimos que íbamos a adquirirla (luego nos permitiría ver otros puntos de interés sin costes añadidos).

La Oficina de Turismo se encuentra en la misma Piazza Bra, donde también se ubica La Arena. Nos separan de ella unos 15-20 minutos caminando desde el alojamiento y a esa hora el sol ya nos castigaba con ganas. 

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Cuando llegamos a la Piazza Bra, vemos que las puertas de las taquillas de La Arena se encuentran abiertas, así que no dudamos en entrar para intentar obtener respuestas al tema de la impresión de entradas y la indumentaria para el evento nocturno. ¡Menuda suerte tuvimos! Porque tan solo un rato después las taquillas habían cerrado. En ese instante nos aclararon todo. Lo primero, allí mismo nos imprimieron los tickets, por otro lado, también dieron luz acerca de la ropa, las entradas para la “chusma”, es decir, nosotros, no requerían de ningún código concreto, vamos, que yo creo que si llegamos a ir en chanclas y con calcetines ni problemas nos hubieran puesto. ¡Bien, ser chusma iba a tener sus ventajas! Con tan gratas noticias y las entradas en la mochila, ponemos rumbo a la Oficina de Turismo, a tan solo unos metros, para adquirir la tarjeta. 

En la Oficina de Turismo no estamos solos, nos toca esperar una fila de personas interesadas en recorrer la romántica ciudad aquel 15 de agosto. Allí mismo, aparte de comprar las dos tarjetas, nos diseñaron un itinerario para poder visitar la ciudad durante un día, el cual acompañaron con un mapa que doblamos y desdoblamos casi tantas veces como las que agitamos nuestro apreciado abanico. Abanico, al que por cierto, se le iban soltando las varillas, a ratos parecía pedir clemencia, una muerte rápida en la que dejáramos de agitarlo.

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Desde la Oficina de Turismo, volvemos a la Arena, una buena fila de personas bajo el sol italiano esperaban para entrar. Pero nosotros, por una vez, somos chusma pero nos sentimos VIP, porque con la tarjeta entramos por la puerta de “los elegidos” mientras les sonreímos con un brillo maléfico en la mirada.

Como os decíamos, la Arena de Verona es un anfiteatro romano. Su construcción data del s.I d.C y sus dimensiones de 140x110 metros lo convierten en el tercer anfiteatro romano de Europa más grande, después del de Roma y el de Campania. 

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Durante 4 siglos, los gladiadores generaban espectáculo y, desde lugares lejanos, venía el público a contemplarlos por la buena fama de la que gozaban. Luego llegaron los tiempos en los que estos se prohibieron y este recinto quedó condenado al abandono. Para colmo, en el s.XII, un terremoto asoló la ciudad, los cuatro pisos del anfiteatro se vieron reducidos, igual que parte del anillo exterior. Hoy en día, se puede ver una grieta que muestra esa diferencia entre ambos anillos.

De los escombros de aquel edificio, medio destruído, se obtuvo piedra que fue utilizada para construir otras edificaciones, pasando a tener una función casi de cantera.

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Posteriormente, los venecianos se encargaron de su reconstrucción, esto inyectó de vida de nuevo el anfiteatro pasando a ser, de nuevo, escenario de espectáculos variados. Se celebraron corridas de toros y, gracias a su espléndida acústica, funciones teatrales que derivaron, a principios del s.XIX, a representaciones de ópera en alguna ocasión. Esta última función se ha convertido en la actualidad en el máximo exponente en La Arena de Verona, además de su valor histórico y el buen estado de conservación, a pesar de los devenires que ha sufrido durante la historia. 

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El Festival de Ópera de Verona se inauguró en 1913, fecha del cumpleaños de Giussepe Verdi. Desde entonces, cuando llega el verano, a partir del mes de junio y hasta finales de agosto, se ofrecen representaciones de gran nivel en su interior, manteniendo vivo el edificio y dotándolo de un gran prestigio internacional. En agosto, estábamos allí y eso no nos lo podíamos perder. 

La desventaja que tienen estas fechas para visitar el anfiteatro es que se encuentra totalmente acondicionado para los espectáculos, por lo tanto, el interior, sobre todo, en la zona del foso está lleno de butacas (para la no chusma) y los horarios son más restringidos, dado que casi todas las noches hay una representación, por lo tanto el horario de visita se reduce por las tardes para ir preparándolo para la noche.

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Hacia las 11:30 de la mañana, el sol caía sobre el interior de la Arena de tal manera que pensamos que allí los gladiadores morirían antes por un golpe de calor que por el ataque de una fiera o una lucha descarnada entre ellos. Era impresionante. Intentando sacarnos una autofoto, pensamos que seríamos los próximos protagonistas de una dramática historia de amor en Verona. El titular sería algo así como “Dos turistas “chusma” mueren insolados al intentar salir en una foto juntos en La Arena de Verona, lo que el amor unió el sol no lo separó”.

Tras visitar La Arena, totalmente congestionados y sofocados, salimos con intención de seguir conociendo la ciudad.

Aquel día, al ser festivo, no solo La Arena tenía un horario limitado, también lo tenían algunas de las iglesias de interés de la ciudad (abiertas solo entre las 13:00-16:00 horas). Así que intentamos organizar la visita en función de los horarios. Como aún era pronto, nos dirigimos al punto más popular, la Casa de Julieta

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No pretendíamos entrar en su interior, pero sí acercarnos al patio y cumplir con una tradición, tocar uno de los pechos de Julieta (para que luego hablen de romanticismos, que el pecho que hay que tocar es el derecho, nada del que cubre el corazón, tocar pecho ahí, sin ton ni son). Dicen que da buena suerte. En fin, aquí, una supersticiones no tiene. No podemos decir lo mismo del que no escribe, que no me deja decir cosas como “qué suerte que no hay atasco” hasta que llegamos a destino, o “qué día más bueno ha salido” hasta que llega la noche, o no pasa por debajo de los andamios. ¡Qué le vamos a hacer, fue lo que encontré en el mercado y me he hipotecado con él, al menos le sale rica la tortilla de patatas! 

William Shakespeare escribió Romeo y Julieta ambientada en Verona, ciudad que nunca pisó y en la ciudad hay un edificio que, dice la leyenda, fue la Casa de Julieta. De hecho, se construyó el balcón más famoso de la ciudad para que diera una imagen más fiel a la obra del literato. El caso es que la acumulación de personas que había alrededor de tal lugar era impresionante. Para acceder al patio se pasa por una especie de soportal, todo él pintado con millones de corazones, nombres, fechas. Tan pintado que no queda hueco para nuevos enamorados. Pero el amor no se conforma con un “no” por respuesta, así que los nuevos enamorados escriben en trozos de papel sus nombre, corazones y declaraciones y las pegan encima de las pintadas con trozos de celo o lo que surja. De hecho, en algún lugar deben de proveer de una especie de tiritas que también valen para dejar rastro del romanticismo. Alucinante. 


A todo esto, para atravesar el túnel de las declaraciones románticas, que recuerdan a las neveras llenas de post-it con mensajes de “comprar huevos”, “médico a las 12”, “llamar a mamá”, hay que hacerlo como en fila, arrastrado por una marea de personas, hasta que ves la luz al final del túnel y te encuentras el patio, con otras 3.000 personas más, haciéndose hueco como pueden para acercarse a la escultura de Julieta y tocar. Muy agobiante, y todo sea dicho, muy poco romántico. 


Aguantamos poco, vimos cómo el que conseguía tocar iba guardando la vez al primo, a la abuela, al niño de 3 años, luego todos juntos, ahora en pareja, ahora con la reflex, luego con el móvil. En aquel momento, entendimos lo que realmente era el amor, el amor a la vida y al oxígeno y, tras intentar realizar unas cuantas fotos de tan emblemático lugar, salimos escopetados de allí, sin tocar nada, por supuesto, más allá de brazos sudados de completos desconocidos. Cuando respiramos un poco, entonces, juramos amor eterno a la vida. 

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Al ver la hora, nos damos cuenta de que es el momento de comenzar el tour por las iglesias para que nos diera tiempo.

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Empezamos por la Iglesia de San Fermo. El turismo eclesiástico en un verano caluroso ofrece una doble utilidad, el placer de conocer nuevos lugares llenos de historia y el fresco que se espera en su interior, que suele ser revitalizante. La Iglesia de San Fermo está incluída en la Verona Card y consta de dos estancias diferenciadas, una inferior más antigua y otra superior.

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La más antigua, de estilo románico puro, tiene un encanto especial y un fresquito que se hace querer. En ella se encuentran las Reliquias de San Fermo. Es un templo sorprendente y muy interesante, del que recomendamos su visita. Que se construyera la segunda iglesia sobre esta sin derruirla es algo sorprendente. La visita incluye una audioguía que os irá ilustrando sobre la parte artística, sobre todo de los templos. En este punto sí debemos decir que, cuando hay audioguía en la visita, a nosotros las que más nos gustan son las que sitúan los monumentos a visitar en un contexto histórico que explican su origen y evolución. En este caso, se centraba más en los elementos artísticos y arquitectónicos de las mismas.

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Estos dos templos en uno se sitúan próximos a la orilla del río, seguimos la ribera para llegar al siguiente templo la Iglesia de Santa Anastasia. La vamos buscando como si estuviéramos jugando al parchís, de sombra en sombra.

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La Iglesia de Santa Anastasia atrapa con su mármol rojo y blancos de Verona y su estilo gótico, es imposible no quedarse cautivado ante una estética tan poco habitual para nosotros.

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 Es la iglesia más grande de la ciudad. Se trata de una obra incompleta, ya que su fachada nunca fue finalizada. Sus comienzos datan del s.XIII. La entrada, también incluida en la Verona Card, lleva incluida otra audioguía que se centra también en la parte más artística del templo. Las pinturas de sus techos, las columnas, las bóvedas, para nosotros es otro de los imprescindibles de Verona.

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A la salida, y pegado a la Iglesia de Santa Anastasia, hay una pequeña iglesia o capilla con unos frescos, nos asomamos para contemplarla y ponemos rumbo hacia el Duomo de Verona, su catedral (también incluída en la Verona Card).


Cuando estamos llegando a ella, reconocemos que estamos exhaustos, pesadez de piernas, calor, y un recorrido eclesiástico matutino, al que hay que sumar la perturbadora experiencia de visitar a Julieta. Bueno, se supone que hemos dejado para el final el templo por excelencia, para algo es la Catedral. De nuevo, viene incluída una audioguía, que sigue la misma tónica que las anteriores. 

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La Catedral de Verona, cuyo nombre es Catedral de Santa María Matricolare, se compone de un conjunto de edificios, catedral, la Iglesia de Santa Elena, la Biblioteca Capitular, San Giovanni in Fonto, que es el Baptisterio y el claustro.

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Lo primero que visitamos fue el baptisterio del templo, que nos gustó bastante. Con una pila bautismal (s.XII) impresionante en el centro. El terremoto del que hablamos que afectó a La Arena, también causó estragos sobre este lugar y tuvo que ser reconstruido. 

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Desde ahí, entramos en lo que es el Duomo en sí mismo y, ¡oh sorpresa!, encontramos la catedral como si viajáramos a un mes de agosto de los años 80 en España, cuando las familias emprendían el éxodo vacacional a sus apartamentos en la playa o pueblos y cubrían el mobiliario de la casa con sábanas, telas, trapos, etc. La catedral está toda entera, no solo andamiada, sino que está cubierta por infinitos plásticos que no dejan ver prácticamente nada. Decepción absoluta, más que nada porque consideramos que es algo que debería estar avisado en el exterior del templo. Nosotros con la Verona Card no pagamos nada por entrar, pero probablemente hubiera otras personas que sí y os aseguramos que no estaba visitable, no se veía nada de nada.

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La visita al Duomo acaba pronto. Aparte de exhaustos, nos encontramos desmotivados ante tal panorama. Dada la hora, no nos da tiempo a ir a la Iglesia de San Zenon o de San Lorenzo, pero creemos haber hecho un buen recorrido aquella mañana en lo que a templos se refiere.

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No debíamos haber absorbido suficientemente el poder celestial eclesiástico y ecuménico porque necesitábamos parar y reponer fuerzas, aunque hambre no teníamos. Vimos un local con aire acondicionado, que era lo que más demandábamos en aquellos momentos, y paninis y ensaladas. Algo ligero para dar combustible suave a nuestro estómago recalentado.

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A pesar de estar un rato allí descansando y bajando algunos grados centígrados a nuestra temperatura corporal, nunca parece ser suficiente, así que tenemos que sacar las fuerzas del turista incansable para continuar descubriendo Verona. Una ciudad de la que, a pesar de todo, constantemente apetece conocer más.

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Vamos camino del Castelvecchio y, para ello, vamos atravesando calles con el encanto italiano que las llena de personalidad. Como su nombre parece sugerir, este edificio se trata de una antigua fortaleza situada a las afueras del casco histórico, construído en el s.XIV ante la situación de enfrentamiento bélicos que se sucedían. Hoy alberga el Museo Cívico.

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Nuestra intención era acercarnos para verlo de cerca sin entrar en su interior. Allí, descubrimos el puente que se construyó para que los residentes del castillo pudieran escapar en caso de ser atacados.

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Pensamos en subir a las almenas para disfrutar de unas vistas algo más de panorámica, pero cae con tanta fuerza el sol que desistimos y pensamos que estar un poquito más bajos tampoco era tan mala idea.

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Habíamos ido siguiendo el circuito que nos marcaron desde la Oficina de Turismo por la mañana. Para finalizarlo solo teníamos que tomar la Vía di Roma que nos devolvió tras un paseo a la Arena de Verona.

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Solo hay una cosa que habíamos dejado, intencionadamente, para un momento en el que la tarde avanzara. Se trata de la Torre Lamberti, a la que se puede subir para tener unas vistas sobre la ciudad y su ubicación en la región del Véneto.

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Pues nada, desde la Arena, vamos camino de la Piazza dei Signori, donde se ubica la torre. Para ello, pasamos antes por la Piazza delle Erbe, el corazón de la ciudad. Aquí se ubicaba, en la época romana, el foro. Es la plaza más antigua de Verona, y dentro de la misma, se encuentra el elemento más antiguo, la escultura que se encuentra en la fuente, la Madonna de Verona, cuyo origen se remonta al año 380. En su mano porta un pergamino con un texto que dice “a questa città portatrice di giustizia e amante di lode” (según el traductor sería algo así, “a esta ciudad portadora de la justicia y amante (¿digna?) de alabanza”.

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La plaza está compuesta por un conjunto de palacios y sobresale la torre que es objeto de nuestros deseos. La estética actual se remonta al estilo medieval. Una plaza bellísima, llena de vida, que nos evoca mucho más al romanticismo que Romeo y Julieta.

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Al lado de esta plaza está la Piazza dei Signori, lugar por el que se accede a la Torre Lamberti. Una plaza mucho más tranquila, pero igualmente preciosa. Es imposible no prendarse de Verona.

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Desde allí, y tras esperar un ratito en la fila, parece que llega el momento de subir, en ascensor (gracias Señor, por este regalo que nos brindas por visitar los templos de Verona y gracias, también, porque no tenemos que subir a pie) a la parte más alta de la torre.

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Desde arriba de la Torre se tienen unas vistas de 360 grados sobre la ciudad, unas vistas anaranjadas que llenan todo de tejados y callejuelas. Una vista aérea de cómo la región del Véneto se funde con el horizonte. Unas imágenes donde las calles que llevamos incrustadas en nuestros metatarsos parecen parte de una maqueta y donde las distancias no parecen tan largas.

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Allí, además, corría una ligera brisa. Nos dejamos caer sobre el suelo, apoyamos la espalda en los anaranjados ladrillos, bien calentitos. Pero sopla el viento y, con la mirada colándose por la verja que hace una cuadrícula del paisaje, nos quedamos un buen rato. Y debo decir, aunque a nadie le importe, que obtenemos, a pesar de sentirnos como auténticos walking deads sudorosos, una de nuestras mejores fotos juntos. Vengamos el momento matutino de La Arena.

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Aquella parada no sirve para darnos la vida, pero al menos sí que sirve para mantenerla. Nos quedaba una cosa más por hacer, desplazarnos al Castillo de San Pietro. En la Oficina de Turismo nos dijeron que desde allí las vistas de la ciudad eran bonitas. Miramos en el Maps las distancias, ya que necesitábamos pasar por el hotel antes de cenar e ir a la Arena al concierto. Acercarnos al castillo nos suponía 3,5 km más entre idas y vueltas. Así que, dado el nivel de cansancio, y los tiempo que apremiaban, decidimos que nos íbamos al hotel a resetearnos.

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A las 19:10, llegábamos al hotel, a las 20:10 salíamos de él ¡Qué ritmo!. En esa hora nos duchamos los dos y nos cambiamos. Porque aunque la chusma pueda entrar como quiera al espectáculo, nosotros tenemos unos límites. Así que, con el código informal de vestimenta, vamos informales, pero en condiciones. 

La ducha ha ayudado a coger fuerzas, aunque haya sido todo rapidito. Directamente vamos en busca de un lugar para cenar, a las 21:20 teníamos que estar en la puerta de entrada del anfiteatro.


Nos habían recomendado en el alojamiento un local donde hacían la clásica y auténtica pizza napolitana. Así que directamente lo elegimo, es la Trattoria Caprese. Pedimos una pizza caprichosa, ensalada de pulpo, agua y una coca-cola. Todo estuvo buenísimo y la pizza espectacular, la mejor que comimos en el viaje. De regalo, nos obsequian con un limoncello.



Cuando llegamos a los alrededores del anfiteatro se ve claramente quién se va a sentar en las gradas de piedra y quién va a tener bajo sus posaderas un mullido cojín. La vida es así. Los vestidos largos, los trajes y los esmoquins se mezclan con la vestimenta informal. Bueno, se mezclan por los alrededores, porque las puertas por las que entramos cada uno no son las mismas. Hay muy buen ambiente y mucha seguridad en los alrededores.

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Nos toca entrar por un lateral. Subimos escalones como si no hubiera un mañana y nos sientan hacinados, bien juntitos todos, compartiendo ese piel con piel tan grato entre gente que no se conoce en una noche de verano. Al sentarnos, lo importante no es la dureza de la piedra que ha sujetados curtidos glúteos del Imperio romano, lo importante es la temperatura que puede llegar a acumular una piedra como esa. Los sudores que nos subían no tenían precio, bueno sí, el de la entrada económica.

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Nos dieron unas velitas, algo muy refrescante también. Bien pequeñitas, que había que encender según empezara el concierto. De esas que tienen mecha muy corta y según las sujetas sientes como se te calcinan las huellas dactilares. Eso sí, hay que reconocerlo, espectacular el efecto cuando comenzó a sonar la música y el anfiteatro pareció llenarse de miles de luciérnagas en suspensión, si no pensabas que detrás de ellas había gente quemándose los dedos, claro.

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El concierto fue espectacular y la acústica sorprendente. ¡Cómo debe de ser estar en los asientos privilegiados! No nos pudimos alegrar más de adquirir aquella entrada, ni aquel día, ni hoy cuando lo recordamos. Emocionante y único. Nos encantó, nos fascinó, nos entusiasmó y el lugar lo hizo único. Hubo bises en los aplausos y salimos con las nalgas como un mandril, pero totalmente embaucados por la experiencia vivida.

De vuelta al hotel, vamos paseando y escuchamos las grabaciones del concierto. Sí, somos así. Cuando vamos a un concierto aquí en España, somos de los que a la vuelta a casa se ponen el CD en el coche.

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Entramos en la habitación casi inconscientes y… ¿Esto qué es? Otra vez, la cama sin hacer, pierde mucho encanto así el final del día. Ponte a estirar el edredón (sí, edredón) y a hacer tu propia cama, no entra dentro del plan romántico, no.

Antes de apagar la luz, casi estamos dormidos, yo lo hago mientras el que no escribe lee sobre Beethoven, y él lo hace mientras intenta unir las letras de la pantalla y articular palabra...

Se apaga la luz, pero no se acaba este viaje, al día siguiente otro nuevo destino nos esperaba.

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