26 de marzo de 2019

17 días en Bretaña y Normandía. Día 10: Saint-Suliac - Cancale - Saint Malo

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El viaje por la Bretaña francesa estaba resultando todo un descubrimiento. Llevábamos tiempo con este destino en la cabeza, pero nunca llegaba a materializarse. Era el décimo día de viaje y el plan que teníamos para esta jornada era bastante tranquilo, aunque el que no escribe me dice que mi concepto de “días tranquilos es un poco relativo”, pero bien que le gustan…

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Pues una mañana más amanecemos en Dinan sobre la cama del placer, que dicho así no parece que estemos en un blog de viajes, lo sé, pero no soy yo, son vuestras mentes. La cama del placer es la cama de 1,80 con edredón, en agosto, que nos acogía cada noche transportándonos al descanso más absoluto y nos permitía recargar pilas. Lo cierto es que, desde que habíamos llegado allí, cada día nos levantábamos más tarde, costaba escapar de ella.

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El día anterior habíamos estado llenándonos la vista de lugares a orillas de la Costa Esmeralda y, en este día, el mar seguiría siendo protagonista por diferentes motivos, llevándonos desde un pueblo digno de visitar hasta la famosa ciudad corsaria de Saint-Malo, entre medias, Cancale nos esperaba, no sabíamos que desde allí divisaríamos a lo lejos, por primera vez, el Mont Saint-Michel.

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Saint-Suliac sería nuestra primera parada. Apenas 23 kilómetros lo separan de Dinan. ¿Os acordáis de cómo el río Race pasaba por la parte baja de Dinan? Pues siguiendo su curso se puede llegar a Saint-Suliac. El Rance se convierte en estuario, en el que, por cierto, parece ser que habita una foca, nosotros no tenemos constancia real, pero eso se dice.

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Elegimos este lugar porque nos pareció una parada que tenía pinta de merecer la pena, desde finales de los años 90, forma parte de los pueblos más bonitos de Francia en sus listas (Les plus beaux villages de France). Se trata de pueblo de pescadores muy pintoresco. El hecho de que sea de pescadores es algo que no pasará inadvertido en la visita, en muchas de las fachadas de las casas de granito, veréis las redes de pesca decorándolas. Y no sólo allí, en alguna callejuela forma una especie de pasillo que le da un toque totalmente encantador muy acorde con el alma del lugar. 

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El pueblo se reparte alrededor de la iglesia, que fue el primer lugar al que entramos. Aparcamos en una calle a la entrada del pueblo sin mayor dificultad a esas horas, que tampoco eran demasiado tempranas, sería alrededor de las 11. Estaba todo muy tranquilo.

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El encanto de Saint-Suliac está en perderse por sus estrechas callejuelas, como os decíamos, muchas de ellas con las redes sobre las fachadas, lugar donde se colocaban para secarlas. 

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La pendiente descendiente del pueblo te lleva directamente a orillas del río, donde hay una estampa muy agradable, las casitas y una pequeña playa temporal, que aparece y desaparece con la marea. Embarcaciones, algunas pequeñas tradicionales, que se empleaban para la pesca del bacalao, hoy la mayoría de recreo. Un paseo verde, tranquilo con unas vistas preciosas.

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Desde Saint-Suliac vamos camino de Cancale, otros 23-25 kilómetros de distancia. Esta fue una parada que metimos en el último momento, cuando nuestros compañero de Instagram @natyrocx nos recomendaron que no dejáramos de acercarnos si teníamos oportunidad al mercado de las ostras. En nuestro plan inicial estaba ir directamente a Saint-Malo o a Dol-de-Bretagne, pero nos dejamos guiar y nos encantó hacerlo.

Cancale es conocido por sus ostras, en algunos lugares, dicen que son de las mejores que se pueden encontrar. Lo curioso es que a nosotros las ostras no nos emocionan. Con lo cual más mérito tiene que nos lanzáramos a conocer este lugar. Pero no puede uno estar en Cancale y no comer ostras. Ostras recién sacadas del mar y que se venden por las mañanas en su “Mercado de las Ostras” tan popular. Un mercado compuesto por 5 o 6 puestos en los que se presentan las ostras, con sus diferentes tamaño (menor número se supone que mejor ostra) a un precio más que competitivo.

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Pero vayamos por partes, cuando llegamos a Cancale, como fue algo improvisado, no teníamos nada claro, aparte de ir al mercado de las ostras, de dónde dirigirnos. Así que al llegar nos pusimos a buscar aparcamiento por la zona alta de la ciudad. Al final lo conseguimos, pero sin tener muy claro dónde estábamos y a dónde teníamos que ir. También os decimos que nos costó un buen rato aparcar (al menos fue aparcamiento gratuito).

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Nos quedó claro que teníamos que bajar al nivel del mar, si vas a Cancale a comer ostras y, se supone que hay un mercado que vende ostras cerca del mar, sigue el horizonte azul y llegarás. ¿No me digáis que no somos gente ilustrada?

Reconocemos que también encontramos una calle que se llamaba “la calle del Puerto” y algo nos dijo que ese era el camino que debíamos de tomar, somos pocos los afortunados de gozar de un poder de intuición tan grande ante señales tan sutiles.

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Y, efectivamente, tras bajar como si no hubiera un mañana, llegamos al puerto, que lo encontramos repleto de gente que llenaba las terrazas de todos los locales que miraban al mar. Marisquerías por todas partes. Caminando por el paseo marítimo llegamos al pequeño mercado también con sus puestecitos de rayas azules y blancas y las cajas de ostras que lo llenaban todo.

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Una docena pedimos, del número 2, porque si íbamos a sufrir comiendo ostras, al menos que fuera un sufrimiento por unas decentes. La docena de ostras 7,50 euros con el plato (que luego se devuelve). Nos las abrieron, nos dieron un limón y, hala, ya nos podíamos marchar.

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No fuimos muy lejos, detrás de los puestos estaba el mar, unos cuantos metros por debajo de nosotros, pero había una especie de murito donde sentarse. La tradición dice que comes la ostra y la valva se tira al mar. Y os aseguramos que la tradición se cumpliera, no solo porque viéramos como todo el mundo lo hacía, sino porque bajando la vista al agua azul turquesa del mar, se podían ver montones de valvas de ostras. Y así, nos comimos 6 ostras cada uno, que además nos encantaron. No sé si fue la motivación, el lugar, la tontería o qué, pero su sabor a mar nos invadió.

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Pues, una vez tomado el aperitivo y, teniendo en cuenta que veníamos de un pueblo donde las redes colgaban por todas partes y, ahora estábamos en otros donde se veían valvas de ostras cada vez que mirabas al mar, decidimos que si nos ponemos, nos ponemos. Cancale es conocido por las ostras y sus productos del mar, así que ¡marchando mariscada para dos!

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Los restaurantes estaban llenos y nuestros compis @natyrocx también nos comentaron en un lugar que habían comido allí ellos en su día, así que seguimos sus pasos y tuvimos suerte de tener una mesa. Suerte porque Cancale al mediodía en agosto estaba hasta la bandera. El lugar fue Au Pied de Cheval.

Bueno, pues una mariscada para dos que tuvo sus luces y sus sombras. Menos mal que las ostras nos habían gustado, porque, por su puesto, vinieron unas cuantas más, muy buenas. El buey de mar que coronaba la fuente estaba bueno, aunque para nuestro gusto un poco pasado de cocción, langostinos chiquititos, pero ricos, las cigalas, las pobres, aun tenían una vida larga por vivir y, sobre todo, por crecer, hemos visto cigalas arroceras con más porte, unas conchas que no sabemos qué eran, pero estaban buenísimas, bígaros, quisquillas y mejillones y unas caracolas gigantes que a mí no me hicieron demasiada gracia, pero al que no escribe sí. No pudimos acabar con todo. El precio fue de unos 70 euros, con botella de sidra y dos cafés. Más que razonable. Reconocemos que nosotros somos más de las mariscadas calientes que de las frías, pero estuvo bien la experiencia, aunque el resto del día nos pasó factura.

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Al final nos habíamos tomado 24 ostras más todo lo contado, con lo que llevábamos el sabor a mar incrustado en el paladar, la garganta, el olfato… Y no se iría tan fácilmente.

Cuando salimos de comer, nuestra sorpresa fue ver el retroceso de la marea. Y no porque a esas alturas nos sorprendiera la cantidad de metros que puede retraerse el agua en la Costa Esmeralda (ya lo habíamos observado anteriormente), sino porque esta vez al desaparecer el agua emergían campos de bateas que cambiaban, de golpe y drásticamente, el paisaje. Nada que ver a cuándo habíamos llegado apenas unas horas antes.

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Y con el resurgir de las bateas, lo que era mar se convierte en una especie de campo por donde empiezan a circular los tractores, cargados de gente con botas de pescador que les cubren hasta las rodillas. Se mueven rápido y faenan intensamente. El cultivo de la ostra es evidente que es protagonista en Cancale. Nos sentíamos, desde el espigón, como viendo un programa de National Geographic.

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Fijándonos en las bateas y cómo el mar se ha convertido en tierra, casi nos pasa inadvertido que, aquel día totalmente despejado, al levantar la vista al fondo se podía contemplar, muy chiquitita, la silueta del Mont Saint-Michel. Nos dió hasta emoción. Allí sería donde, un par de días después, comenzaríamos nuestra etapa de Normandía, y Mont-Saint Michel es un lugar tan emblemático.

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Pasamos un buen rato, por tiempo y divertimento, mirando al horizonte porque se cuela en esta interesante vista un grupo de 4 chavales españoles a los que oímos desde la distancia, que se habían adentrado en el lodazal que quedaba donde antes había agua, en busca de su baño. Discutían vehementemente porque uno de ellos quería seguir andando por esas tierras movedizas metros y metros hasta llegar a un lugar en el que poderse bañar, mientras los otros no veían nada clara la idea, porque ya llevaban un buen rato hundiéndose por el terreno y parecían trolls y querían volver a tierra firme. Los oíamos nosotros y los que nos rodeaban y daba mucha risa verlos con el bañador metidos en ese fango y tan entregados, cada uno, a su causa.

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Para volver al coche, decidimos hacerlo, en vez de por la calle del puerto, por unas escaleras que salían desde la zona donde se encontraba por la mañana el Mercado de las Ostras y que, aunque tenía la pendiente más pronunciada, esta era más corta. Además, parecía que llevaba a una especie de mirador. Y de nuevo, el mar de bateas frente a nosotros.

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La siguiente parada era Saint-Malo, conocida como ciudad corsaria. Una ciudad fortaleza emblemática en la Bretaña francesa. 

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Para llegar hasta allí desde Cancale se puede hacer por un camino interior o recorriendo la carretera costera (está señalizado como La Cote).

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 Por aquí se tarda bastante más, pero nos apetecía aquel día un trayecto con vista marítima. Esa carretera, al menos en verano, está bastante transitada. Da acceso a numerosas playas y la gente aparca en los márgenes en más de un lugar. Nosotros lo hicimos también en una de las que encontramos que tenía una pequeña fortaleza.

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Llegamos a Saint-Malo a eso de las 17:00. No nos quisimos complicar demasiado la existencia, había bastante tráfico y decidimos estacionar en el aparcamiento frente a la entrada de la zona intramuros. No penséis que fue llegar y besar el santo, que nos tocó esperar unos 15 minutos a que quedara algún espacio libre el parking y se abriera la barrera para pasar. 

Si las mareas, desde hacía unos días eran impresionantes, en Saint-Malo es el lugar donde son más sorprendentes. 

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La ciudad aparece protegida por sus imponentes murallas de granito, de unos 2 kilómetros de largo y con un grosor de 7 metros. Según atravesamos la Porte de Saint-Vicent, por la que entramos, nos encontramos un Saint-Malo rebosante de gente, muy animado y con muy buena pinta. 

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En Saint-Malo, el comercio ha sido protagonista a lo largo de la historia, su enclave lo ha marcado. Como dato anecdótico, durante 4 años, en el s.XVI, Saint Malo se independizó del reino Francia. Tuvo su periodo de decadencia durante la Revolución francesa y empezó a levantar el vuelo de nuevo cuando, pasada esta época y metidos en el s.XIX, se convirtió en un destino perfecto para los amantes de los balnearios.

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En la II Guerra Mundial, Saint-Malo cayó en manos alemanas y la ciudadela fue bombardeada por los estadounidenses quedando muy perjudicada. Tuvo que ser reconstruida hasta quedar con el fabuloso aspecto que luce actualmente.

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Nosotros lo primero que hicimos fue subir a las murallas desde la entrada para tener una visión desde arriba de la ciudad. El paseo nos resultó muy agradable, pero no impactante. La ciudadela tiene siete puertas de acceso. Durante el recorrido por la parte amurallada se van teniendo vistas de diferentes partes de la ciudad y el mar que la rodea. 

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Como decíamos antes, las subidas y bajadas de marea son impresionantes y, con la marea baja, la gente disfrutaba de la arena de la playa y la piscina construida para que nadie tenga que renunciar al baño.

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La marea baja también dejaba a la vista una especie de espárragos, o palos, de madera que pretenden proteger las paredes de los embistes del mar. Desde allí, también divisamos el Fort du Petit Bé.

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Y así fuimos pasando la tarde, con la boca aun con sabor a mar de la mariscada de Cancale, bastante sed y ganas de ir al baño. Así que decidimos bajar de la muralla a la altura de la Hotel de la Ville y justo encontramos unos baños públicos de pago, donde había gente esperando.

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Y ahí empezó la fiesta. Eran de estos que, según sales y se cierra la puerta, se autolimpian, saliendo chorros de agua por todas partes como si fuera un parque acuático. Delante de nosotros, había dos parejas y cuando sale la persona que estaba dentro, la mujer de la pareja de alemanes a la que le tocaba entrar, decide aprovechar para hacerlo sin meter moneda, con toda su picaresca, impropio de alemanes. A partir de ese momento comenzó un show que parecía digno de una cámara oculta. La mujer se metió, la puerta se cerró, debieron de empezar a salir chorros por todas partes, ella quería salir pero sin meter moneda la puerta no se abría y empezó a gritar como si fuera un protagonista de la Matanza de Texas. 

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Imaginad la cara de los que estábamos en la fila ante tal situación. Su marido se movía inquieto intentando abrir la puerta y buscando monedas apresuradamente para poder abrir. Dentro, se oían ruidos y gritos muy altos y muy seguidos y la pareja que iba delante nuestro y nosotros no podíamos más que mirarnos con complicidad intentando aguantar la risa, sin poder evitarla. La mujer salió de allí con cara de “aquí no ha pasado nada”, pero desde Bretaña a Normandía todos sabíamos que sí había pasado, sí.

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Desde allí, estuvimos callejeando por el interior de la ciudad, por esa cuadrícula de calles que nos llevaron a lugares como la catedral, del s.XII. De nuevo, de acceso gratuito. Nos gustó.

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En total, estuvimos en Saint Malo 2 horas y 40 minutos, lo sabemos por el aparcamiento que, por cierto, ascendió a 4,20 euros.

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Más o menos, a las 20:30 llegábamos a Dinan, nuestra última noche en la ciudad. Una hora bastante justa para cenar, aunque más justos estaban nuestros estómagos que aquella noche no querían nada que supiera a mar, ni galettes, ni nada. Acabamos en un italiano para romper un poco la gastronomía francesa, Le P’tite Pizz. El que no escribe se lanzó a la pasta y yo a una ensalada. Nos quedamos en la terraza, aunque la noche estaba fresca, pero queríamos aprovechar hasta el último minuto en esas calles tan bonitas. 26 euros, una cena normal, sin sobresalir, aunque tuvo el encanto de volver a tener una nueva profesora de francés, ya que la camarera nos estuvo “intentando” enseñar a pronunciar su idioma sin demasiado éxito, aunque ella dijera que sí. 

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De vuelta al hotel, sacando las últimas fotos personales. Las noches en Dinan habían sido fantásticas y nos daba cierta pena dejarlo atrás, pero pensar que a la noche siguiente estaríamos en el Mont Saint-Michel, si todo salía según lo previsto, nos llenaba de ilusión…

El día 11 del viaje parecía que iba a ser un día de grandes momentos…

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22 de marzo de 2019

17 días en Bretaña y Normandía. Día 9: Cap Frehel - Fort la Latte - Dinard - Dinan

¿Tienes planes hoy?
¡Menudo despertar! Dinan no solo nos había regalado una experiencia mágica el día anterior, sino también la mejor cama de todo el viaje hasta la fecha. Necesitamos tirar alguna pared de nuestra casa para poner una cama de matrimonio de 1,80, decidido, a ser posible, la de nuestro vecino. Tanta placidez y los dolores en músculos, que no sabíamos que teníamos, son los responsables de que, aquella mañana, remoloneáramos un poco más de la cuenta bajo el edredón. Sí, edredón, placer máximo para una noche de agosto. Sí, somos de esos...

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Para este día teníamos planificada la visita a Cap Frehel, Fort La Latte, Dinard e intentar llegar a buena hora a Dinan para seguir descubriendo más de sus encantos. Ya os anticipamos que, a pesar de salir más tarde, todo fue posible y a un ritmo muy agradable.

Primer destino Cap Frehel, a una hora de camino, más o menos, desde Dinan. Con el estómago lleno de nuestro desayuno planificado, ponemos rumbo hacia allí. En el camino, nos cruzamos con un supermercado grande. Lo que para muchos sería una buena noticia, para nosotros, que tuviera ese tamaño, se convierte en mala, porque tardamos media vida en encontrar lo que buscábamos, algo para poder comer al aire libre, ya que, tanto el cabo, como el castillo de Fort La Latte están en un entorno privilegiado y nos parecía buena idea llevar aprovisionamientos por si se terciaba hacerlo por allí.

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Cap Frehel es un cabo situado en un entorno totalmente protegido, allí, salvo el mar, los acantilados y los faros, no vas a encontrar nada más. Bueno sí, a parte de ser una Reserva Natural, es una Reserva de aves, así que si te gustan, probablemente, puedas llevarte un alegrón. Nosotros, desde nuestra ignorancia más absoluta en ese tema, lo máximo que vimos fueron gaviotas. 

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Es uno de los cabos más visitados de la zona. Se puede acceder a él a través del Sendero de los Aduaneros del que os hablábamos en la Ruta de Granito Rosa del día anterior y también se puede llegar en coche, previo pago del aparcamiento habilitado para tal menester, que en agosto de 2018 ascendía a 3,70 euros.

Cuando llegamos eran las 11:30 de la mañana. El día acompañaba, cielo despejado, una ligera brisa, que a orillas del mar se intensificaba un poco más y una temperatura perfecta. 

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Nos ponemos a caminar un poco por aquí, otro poco por allá. Lo primero que vemos es el faro más reciente (años 50), unos metros más adelante veréis el primer faro que se construyó a finales del s.XVII.

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Cuando uno está en un cabo, ¿qué suele hacer? Acercarse a su punta ¿no? Eso fue lo que hicimos. Bonitas vistas formadas por un paisaje precioso.

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Desde el propio Cabo Frehel se podía observar nuestro siguiente destino. Hasta ahora no lo habíamos dicho, pero estamos en la llamada Costa Esmeralda y, a tan solo 4 km de allí, bañado por la misma costa, de aguas turquesas, azules y verdosas, se encuentra Fort La Latte, un castillo muy pintoresco en un enclave único.

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Se puede acceder a él andando desde el cabo a través del sendero, pero nosotros recurrimos nuevamente al coche para llegar. Si alguno estáis interesados en hacer estas visitas y os apetece recorrer el camino que los separa andando, os recomendamos que vayáis primero a Fort La Latte, al menos para estacionar el coche, ya que allí el aparcamiento es gratuito, no como en el cabo.

En coche no se tarda en llegar más de 10 minutos. A nuestra llegada, encontramos sitio en la sombra, cogemos nuestro kit de supervivencia (comida, agua) y las cámaras de fotos y, desde allí, comenzamos el camino que lleva hasta la fortaleza.

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En un paseo corto en pendiente descendente empezamos a contemplar, desde la distancia, Fort La Latte. Los que suben parecen fatigados y yo, con la aversión natural que tengo a las pendientes, empiezo a pensar en la vuelta cuando aún no he llegado al destino. Así soy, de ver “el vaso medio inclinado”.

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El comienzo de la construcción de esta fortaleza data del s.XIV. La ubicación de la misma parece un lugar perfecto para fines defensivos. Rodeada de acantilados en un saliente de rocas se alza este castillo-fuerte que, a pesar del enclave, fue asediado en diferentes momentos de su historia.

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Una vez que pasó el tiempo en el que las fortalezas tenían un papel estratégico, fue cayendo en el olvido, hasta que terminó siendo vendida y pasó a ser una propiedad privada. Durante mucho tiempo, se estuvo trabajando en su reestructuración. Actualmente, está considerado Monumento Histórico.

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Hoy por hoy, es visitable, aunque no se puede a acceder a ninguna estancia concreta, varias se pueden admirar a través de algunas ventanas o rejas. Pero a pesar de no visitarse por dentro, sus jardines y la subida a lo alto de la torre, merecen la pena. Las vistas desde allí son impresionantes. Eso sí, para llegar arriba hay que subir por una estrecha escalera casi vertical con unas cuerdas en los laterales para agarrarse. No éramos muchos los visitantes aquel día, pero se formaban buenos atascos para llegar a la guinda del pastel.

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A ambos lados, el mar, acantilados, los jardines, las torres defensivas. Sin lugar a duda, una visita diferente en la Bretaña francesa que disfrutamos muchísimo. El precio de la entrada era de 5,70 euros y ofrecían por 0,20 céntimos más una especie de folleto informativo que todos los que allí estábamos parecía que ignorábamos.

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Después de subir, bajar, intentar pasear por cada rincón y disparar la cámara como si se fuera a acabar el mundo, decidimos abandonar Fort La Latte.

Una vez fuera del castillo, era tan bonito el paisaje y se aproximaba la hora de comer que pensamos que sería genial aprovechar que llevábamos provisiones para hacerlo en ese entorno. Y así anduvimos buscando algún lugar con sombra y comenzamos la subida. Siempre nos quedaba la opción de comer en la zona del aparcamiento, allí había un área con merenderos y baños (por cierto). Cerca del castillo no vimos lugar que nos convenciera.

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Cuando empezamos a subir, para ir camino del aparcamiento, lo hicimos con la misma actitud que si fuéramos a enfrentarnos al mismísimo Anapurna, pero lo cierto es que al final no fue nada.

A mitad de la cuesta, encontramos un banco rodeado de verde, nos pareció un sitio perfecto para sacar las ensaladas y la fruta (dicho así, parecemos hasta gente sana) y nos pusimos a comer con unas vistas chulísimas hacia el castillo.

Estábamos ya en nuestro momento sobremesa cuando una mujer británica, que pasaba por allí, nos dice que si le podemos hacer un hueco en el banco. Así, vamos juntando cadera con cadera, hasta estar bien arrimaditos todos. El que no escribe y yo estábamos viendo algunas fotos en el móvil y la mujer, al vernos así, presupone que querremos una foto juntos, así que se ofrece para hacérnosla. Durante un buen rato, se produce un intercambio de palabras entre nosotros. A a ver, ella hacía frases completas y nosotros usábamos monosílabos, al fin y al cabo, eso también es intercambio de palabras. Esto fue así por necesidad no por antipatía.

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Y tras el agradable rato de sobremesa, vamos al coche para poner rumbo a la siguiente parada Dinard (que no Dinan). Unos 50 minutos separan ambos lugares.

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Dinard, históricamente, ha sido conocida como una villa para el turismo aristócrata, “La Perla de la Costa Esmeralda” la llamaban. Acudían, aparte de “gente bien”, artistas reconocidos, el mismo Picasso en 1922, en una visita pintó allí su cuadro de “Dos mujeres corriendo por la playa”. Hoteles, restauración, eventos, fiestas, golf y un estilo a lo “Belle Epoque” dibujaban la ciudad a lo largo del tiempo.

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La “Belle-Epoque” que encontramos nada más llegar a Dinard fue muy diferente a lo que llevábamos en mente, la ciudad estaba llena de gente y estacionar el coche se convirtió en una tarea un tanto complicada. Además, nosotros estábamos ansiando ya nuestro café de después de comer que era el elixir de la vida para poder continuar con el viaje.

Finalmente conseguimos aparcar en la calle, pusimos de referencia una de sus playas, la Plage de l´Ecluse y en zona azul encontramos nuestro lugar.


Y nos dirigimos a la playa que estaba repleta de gente por el paseo marítimo, había algún espectáculo y varias terrazas. Perfecto para el café. Aunque ese café no resultó ser demasiado reconstituyente porque los rayos del sol se colaban por todos los lados y acabamos en posiciones que ni los más prestigiosos artistas del Circo del Sol han conseguido adoptar. Todo por un café espresso.

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Desde allí, comenzamos un paseo por su costa, hay un camino que te permite ir bordeando la ciudad. Se empieza a ver la dimensión que tienen las subidas y bajadas de marea por la zona ¿en qué lo notamos?. Para empezar, como "francés precavido vale por dos", para asegurarse el baño han construido una especie de piscina de agua salada para cuando la marea está baja, de manera que, habiendo metros y metros de arena hasta llegar al agua, casi a pie de paseo puedes encontrarte una especie de piscina enorme redonda donde parece pasarlo pipa el mundo cuando el agua retrocede.

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Otra de las señales de la dimensión de las mareas la encontramos cuando estamos llegando al Puerto Náutico y nos encontramos las embarcaciones como si estuvieran pastando en el campo y a lo lejos se intuye el mar. 

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Llamadnos iluminados, pero estos dos indicios nos hicieron pensar en las mareas… y acordarnos de que el Mont Saint-Michel no estaba tan lejos…

Lo que sí que está muy cerca de Dinard es Saint-Malo. Desde el sendero que va rodeando la ciudad se puede contemplar perfectamente el perfil de esta ciudad corsaria, que nosotros visitaríamos al día siguiente.

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Por este paseo también se van dejando, al otro lado que no es el mar (bajo), algunos chalets que sí tiene el estilo Belle-Epoque del que antes hablábamos.

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Y así va pasando el tiempo mientras vamos divisando toda la costa de Dinard por un camino muy agradable. Cuando miramos el reloj vemos que no queda demasiado para que nuestro ticket de aparcamiento caduque. Así que decidimos ir retrocediendo, pero en este caso por otro camino diferente, interior, que nos enseñe algo más de Dinard.

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Este nos lleva hasta un mirador sobre el que había un mini rojo que nos hizo mucha gracia. Nos volvemos a entretener intentando sacarnos fotos dejando la cámara en una papelera y más lugares imposibles y es entonces cuando de verdad el ticket caducaba.

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Desde ese momento, empieza la cuenta atrás, la gymkana para volver al coche por el camino más corto. El desafío a vida o muerte con el gps y la calles de la ciudad para localizar el vehículo y salir indemnes de esa situación. Vamos cruzándonos con alguna calle comercial, restaurantes y suponemos que más cosas que no podíamos casi mirar y llegamos al coche con solo 3 minutos sobre la hora. ¡Prueba superada! Por cierto, ¿no os pasa que en el extranjero estas cosas os estresan mucho más que en vuestra ciudad? A nosotros muchísimo.

En unos 25 minutos llegamos a Dinan. Directos al hotel a dejar el coche, subir a hacer un cambio de ropa un poquito más abrigada y salir de nuevo. Nos tocó dar una vuelta a la manzana para aparcar y cuando llegamos a la puerta del alojamiento encontramos tres sitios en la puerta. ¡Como nos gusta!

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Apenas 20 minutos en el hotel y a las 19:00 ya estamos de nuevo pisando suelo adoquinado del precioso Dinan. Aquel día, nos detuvimos en el centro histórico, sus plazas de Merciers y Cordaliers, que son impactantes, con las construcciones de entramado de madera, soportales, la irregularidad e inclinación de sus fachadas, preciosas.

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También vemos la Torre del Reloj (Tour de l’Horloge), del s.XV y a la que no pudimos subir para ver las vistas desde allí porque siempre, cuando llegábamos, estaba cerrada.

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Callejeamos, pasamos por la Basílica de San Salvador, del s.XII, aunque con varios elementos de siglos posteriores que la convierten en un edificio con una mezcla de estilos arquitectónicos.

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En nuestra caminata, previa a la cena, llegamos hasta el mirador que hay sobre el Dinan “bajo”, el que está a orillas del río Race, donde cenamos la noche anterior.

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Y ya aprovechamos también para subir a la muralla por las escaleras que hay al lado de la Puerta Jerzual de la que hablamos ayer, desde arriba hay una vista chulísima de la calle Jerzual.

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En esos momentos, la debilidad ya nos invadía y el reloj de nuevo nos indicaba que era la hora de pensar dónde cenar si no queríamos vernos con dificultades. En la calle Jerzual, el día anterior ,habíamos fichado una Creperie. Echamos un vistazo a Tripadvisor para ver una valoración general del lugar, no parecía mala, así que decidimos que sería el lugar elegido, tenía una terraza agradable y, en esos momentos, para nosotros era más que suficiente.

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Había mesa disponible, aliviados, nos disponemos a descansar. Pedimos dos galettes que, como siempre, compartiremos, sí somos mucho de compartir, vivo con miedo al día que decidamos compartir una aceituna. Una galette de jamón, queso y huevo. La otra de bacon patatas y algo más que hemos olvidado. Ninguna de las dos nos enamoraron, pero eran galettes y entraban bien. De postre, un crepe con chocolate, nata y helado de aftereight. Ese sí estaba buenísimo. Jarra de 0,5l de sidra bien fresquita. Total 31,70 euros. Cenamos bien, pero tampoco como para recomendar como infalible.

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Cuando terminamos de cenar no nos quedaban demasiadas fuerzas, aun así cuando eres un poco ansias siempre sientes que tienes que hacer algo más. Así que nos acercamos de nuevo al mirador en el que habíamos estado antes que tenía vistas sobre el puerto para intentar sacar alguna foto nocturna. No nos quedan demasiado vistosas, pero por nuestra parte que no quede.


Y desde ahí, en un paseo en el que arrastramos los pies por ese adoquín tan bonito, pero que a esas horas te hace sentirte un faquir, nos dirigimos al hotel. A las 22:45 entrábamos a la habitación. Intenté dar un salto doble con tirabuzón a la cama, pero me tuve que conformar con caer a plomo…

Al día siguiente nuevos destinos nos esperaban, el mundo que rodea al mar iba a ser protagonista…

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