26 de marzo de 2018

15 días por el norte de Italia. Día 13: Verona

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Verona es una ciudad conocida popularmente por la dramática historia de amor que nació de la pluma de William Shakespeare, la historia de los dos amantes más intensos de la literatura, Romeo y Julieta. Pero no solo por esta historia Verona resulta una ciudad romántica. Sus calles, fachadas y las velas de las terrazas de los restaurantes en las noches de verano contribuyen mucho a exaltar el carácter de la ciudad italiana. 

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El primer contacto con la ciudad, durante la tarde anterior, nos había dejado muy buen sabor de boca. Si bien es cierto que andábamos un poco nerviosos por el tema de las entradas que teníamos para asistir aquella noche en La Arena de Verona, teníamos que intentar imprimirlas y buscar una solución para el código de vestimenta que se solicitaba. La Novena Sinfonía de Beethoven nos esperaba. 

Del alojamiento salimos hacia las 10:30, sin demasiadas prisas. Hay que tener en cuenta que el desayuno llevaba su tiempo. En el B&B, nos dejaban a nuestra disposición todos los productos en la cocina y nosotros mismos nos lo teníamos que preparar. Así, en principio, somos más de que nos lo preparen, llamadnos exquisitos, pero esta vez es lo que había. No estuvo mal, tenía un poquito de todo sin destacar nada concreto.

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Íbamos más o menos tranquilos, aquel día lo teníamos íntegro para la ciudad, así que nuestra primera misión era acercarnos a la Oficina de Turismo para adquirir la Verona Card de 24 horas. En 2017, tenía un precio de 18 euros persona. Esta tarjeta incluye la entrada a algunos de los puntos emblemáticos de la ciudad, hicimos un cálculo rápido y vimos que, solo con entrar a La Arena (anfiteatro romano) y subir a la Torre Lamberti, el precio se igualaba.Teniendo en cuenta que, con ella, se evitan las colas y que eran dos lugares donde queríamos entrar, decidimos que íbamos a adquirirla (luego nos permitiría ver otros puntos de interés sin costes añadidos).

La Oficina de Turismo se encuentra en la misma Piazza Bra, donde también se ubica La Arena. Nos separan de ella unos 15-20 minutos caminando desde el alojamiento y a esa hora el sol ya nos castigaba con ganas. 

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Cuando llegamos a la Piazza Bra, vemos que las puertas de las taquillas de La Arena se encuentran abiertas, así que no dudamos en entrar para intentar obtener respuestas al tema de la impresión de entradas y la indumentaria para el evento nocturno. ¡Menuda suerte tuvimos! Porque tan solo un rato después las taquillas habían cerrado. En ese instante nos aclararon todo. Lo primero, allí mismo nos imprimieron los tickets, por otro lado, también dieron luz acerca de la ropa, las entradas para la “chusma”, es decir, nosotros, no requerían de ningún código concreto, vamos, que yo creo que si llegamos a ir en chanclas y con calcetines ni problemas nos hubieran puesto. ¡Bien, ser chusma iba a tener sus ventajas! Con tan gratas noticias y las entradas en la mochila, ponemos rumbo a la Oficina de Turismo, a tan solo unos metros, para adquirir la tarjeta. 

En la Oficina de Turismo no estamos solos, nos toca esperar una fila de personas interesadas en recorrer la romántica ciudad aquel 15 de agosto. Allí mismo, aparte de comprar las dos tarjetas, nos diseñaron un itinerario para poder visitar la ciudad durante un día, el cual acompañaron con un mapa que doblamos y desdoblamos casi tantas veces como las que agitamos nuestro apreciado abanico. Abanico, al que por cierto, se le iban soltando las varillas, a ratos parecía pedir clemencia, una muerte rápida en la que dejáramos de agitarlo.

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Desde la Oficina de Turismo, volvemos a la Arena, una buena fila de personas bajo el sol italiano esperaban para entrar. Pero nosotros, por una vez, somos chusma pero nos sentimos VIP, porque con la tarjeta entramos por la puerta de “los elegidos” mientras les sonreímos con un brillo maléfico en la mirada.

Como os decíamos, la Arena de Verona es un anfiteatro romano. Su construcción data del s.I d.C y sus dimensiones de 140x110 metros lo convierten en el tercer anfiteatro romano de Europa más grande, después del de Roma y el de Campania. 

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Durante 4 siglos, los gladiadores generaban espectáculo y, desde lugares lejanos, venía el público a contemplarlos por la buena fama de la que gozaban. Luego llegaron los tiempos en los que estos se prohibieron y este recinto quedó condenado al abandono. Para colmo, en el s.XII, un terremoto asoló la ciudad, los cuatro pisos del anfiteatro se vieron reducidos, igual que parte del anillo exterior. Hoy en día, se puede ver una grieta que muestra esa diferencia entre ambos anillos.

De los escombros de aquel edificio, medio destruído, se obtuvo piedra que fue utilizada para construir otras edificaciones, pasando a tener una función casi de cantera.

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Posteriormente, los venecianos se encargaron de su reconstrucción, esto inyectó de vida de nuevo el anfiteatro pasando a ser, de nuevo, escenario de espectáculos variados. Se celebraron corridas de toros y, gracias a su espléndida acústica, funciones teatrales que derivaron, a principios del s.XIX, a representaciones de ópera en alguna ocasión. Esta última función se ha convertido en la actualidad en el máximo exponente en La Arena de Verona, además de su valor histórico y el buen estado de conservación, a pesar de los devenires que ha sufrido durante la historia. 

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El Festival de Ópera de Verona se inauguró en 1913, fecha del cumpleaños de Giussepe Verdi. Desde entonces, cuando llega el verano, a partir del mes de junio y hasta finales de agosto, se ofrecen representaciones de gran nivel en su interior, manteniendo vivo el edificio y dotándolo de un gran prestigio internacional. En agosto, estábamos allí y eso no nos lo podíamos perder. 

La desventaja que tienen estas fechas para visitar el anfiteatro es que se encuentra totalmente acondicionado para los espectáculos, por lo tanto, el interior, sobre todo, en la zona del foso está lleno de butacas (para la no chusma) y los horarios son más restringidos, dado que casi todas las noches hay una representación, por lo tanto el horario de visita se reduce por las tardes para ir preparándolo para la noche.

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Hacia las 11:30 de la mañana, el sol caía sobre el interior de la Arena de tal manera que pensamos que allí los gladiadores morirían antes por un golpe de calor que por el ataque de una fiera o una lucha descarnada entre ellos. Era impresionante. Intentando sacarnos una autofoto, pensamos que seríamos los próximos protagonistas de una dramática historia de amor en Verona. El titular sería algo así como “Dos turistas “chusma” mueren insolados al intentar salir en una foto juntos en La Arena de Verona, lo que el amor unió el sol no lo separó”.

Tras visitar La Arena, totalmente congestionados y sofocados, salimos con intención de seguir conociendo la ciudad.

Aquel día, al ser festivo, no solo La Arena tenía un horario limitado, también lo tenían algunas de las iglesias de interés de la ciudad (abiertas solo entre las 13:00-16:00 horas). Así que intentamos organizar la visita en función de los horarios. Como aún era pronto, nos dirigimos al punto más popular, la Casa de Julieta

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No pretendíamos entrar en su interior, pero sí acercarnos al patio y cumplir con una tradición, tocar uno de los pechos de Julieta (para que luego hablen de romanticismos, que el pecho que hay que tocar es el derecho, nada del que cubre el corazón, tocar pecho ahí, sin ton ni son). Dicen que da buena suerte. En fin, aquí, una supersticiones no tiene. No podemos decir lo mismo del que no escribe, que no me deja decir cosas como “qué suerte que no hay atasco” hasta que llegamos a destino, o “qué día más bueno ha salido” hasta que llega la noche, o no pasa por debajo de los andamios. ¡Qué le vamos a hacer, fue lo que encontré en el mercado y me he hipotecado con él, al menos le sale rica la tortilla de patatas! 

William Shakespeare escribió Romeo y Julieta ambientada en Verona, ciudad que nunca pisó y en la ciudad hay un edificio que, dice la leyenda, fue la Casa de Julieta. De hecho, se construyó el balcón más famoso de la ciudad para que diera una imagen más fiel a la obra del literato. El caso es que la acumulación de personas que había alrededor de tal lugar era impresionante. Para acceder al patio se pasa por una especie de soportal, todo él pintado con millones de corazones, nombres, fechas. Tan pintado que no queda hueco para nuevos enamorados. Pero el amor no se conforma con un “no” por respuesta, así que los nuevos enamorados escriben en trozos de papel sus nombre, corazones y declaraciones y las pegan encima de las pintadas con trozos de celo o lo que surja. De hecho, en algún lugar deben de proveer de una especie de tiritas que también valen para dejar rastro del romanticismo. Alucinante. 


A todo esto, para atravesar el túnel de las declaraciones románticas, que recuerdan a las neveras llenas de post-it con mensajes de “comprar huevos”, “médico a las 12”, “llamar a mamá”, hay que hacerlo como en fila, arrastrado por una marea de personas, hasta que ves la luz al final del túnel y te encuentras el patio, con otras 3.000 personas más, haciéndose hueco como pueden para acercarse a la escultura de Julieta y tocar. Muy agobiante, y todo sea dicho, muy poco romántico. 


Aguantamos poco, vimos cómo el que conseguía tocar iba guardando la vez al primo, a la abuela, al niño de 3 años, luego todos juntos, ahora en pareja, ahora con la reflex, luego con el móvil. En aquel momento, entendimos lo que realmente era el amor, el amor a la vida y al oxígeno y, tras intentar realizar unas cuantas fotos de tan emblemático lugar, salimos escopetados de allí, sin tocar nada, por supuesto, más allá de brazos sudados de completos desconocidos. Cuando respiramos un poco, entonces, juramos amor eterno a la vida. 

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Al ver la hora, nos damos cuenta de que es el momento de comenzar el tour por las iglesias para que nos diera tiempo.

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Empezamos por la Iglesia de San Fermo. El turismo eclesiástico en un verano caluroso ofrece una doble utilidad, el placer de conocer nuevos lugares llenos de historia y el fresco que se espera en su interior, que suele ser revitalizante. La Iglesia de San Fermo está incluída en la Verona Card y consta de dos estancias diferenciadas, una inferior más antigua y otra superior.

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La más antigua, de estilo románico puro, tiene un encanto especial y un fresquito que se hace querer. En ella se encuentran las Reliquias de San Fermo. Es un templo sorprendente y muy interesante, del que recomendamos su visita. Que se construyera la segunda iglesia sobre esta sin derruirla es algo sorprendente. La visita incluye una audioguía que os irá ilustrando sobre la parte artística, sobre todo de los templos. En este punto sí debemos decir que, cuando hay audioguía en la visita, a nosotros las que más nos gustan son las que sitúan los monumentos a visitar en un contexto histórico que explican su origen y evolución. En este caso, se centraba más en los elementos artísticos y arquitectónicos de las mismas.

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Estos dos templos en uno se sitúan próximos a la orilla del río, seguimos la ribera para llegar al siguiente templo la Iglesia de Santa Anastasia. La vamos buscando como si estuviéramos jugando al parchís, de sombra en sombra.

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La Iglesia de Santa Anastasia atrapa con su mármol rojo y blancos de Verona y su estilo gótico, es imposible no quedarse cautivado ante una estética tan poco habitual para nosotros.

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 Es la iglesia más grande de la ciudad. Se trata de una obra incompleta, ya que su fachada nunca fue finalizada. Sus comienzos datan del s.XIII. La entrada, también incluida en la Verona Card, lleva incluida otra audioguía que se centra también en la parte más artística del templo. Las pinturas de sus techos, las columnas, las bóvedas, para nosotros es otro de los imprescindibles de Verona.

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A la salida, y pegado a la Iglesia de Santa Anastasia, hay una pequeña iglesia o capilla con unos frescos, nos asomamos para contemplarla y ponemos rumbo hacia el Duomo de Verona, su catedral (también incluída en la Verona Card).


Cuando estamos llegando a ella, reconocemos que estamos exhaustos, pesadez de piernas, calor, y un recorrido eclesiástico matutino, al que hay que sumar la perturbadora experiencia de visitar a Julieta. Bueno, se supone que hemos dejado para el final el templo por excelencia, para algo es la Catedral. De nuevo, viene incluída una audioguía, que sigue la misma tónica que las anteriores. 

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La Catedral de Verona, cuyo nombre es Catedral de Santa María Matricolare, se compone de un conjunto de edificios, catedral, la Iglesia de Santa Elena, la Biblioteca Capitular, San Giovanni in Fonto, que es el Baptisterio y el claustro.

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Lo primero que visitamos fue el baptisterio del templo, que nos gustó bastante. Con una pila bautismal (s.XII) impresionante en el centro. El terremoto del que hablamos que afectó a La Arena, también causó estragos sobre este lugar y tuvo que ser reconstruido. 

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Desde ahí, entramos en lo que es el Duomo en sí mismo y, ¡oh sorpresa!, encontramos la catedral como si viajáramos a un mes de agosto de los años 80 en España, cuando las familias emprendían el éxodo vacacional a sus apartamentos en la playa o pueblos y cubrían el mobiliario de la casa con sábanas, telas, trapos, etc. La catedral está toda entera, no solo andamiada, sino que está cubierta por infinitos plásticos que no dejan ver prácticamente nada. Decepción absoluta, más que nada porque consideramos que es algo que debería estar avisado en el exterior del templo. Nosotros con la Verona Card no pagamos nada por entrar, pero probablemente hubiera otras personas que sí y os aseguramos que no estaba visitable, no se veía nada de nada.

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La visita al Duomo acaba pronto. Aparte de exhaustos, nos encontramos desmotivados ante tal panorama. Dada la hora, no nos da tiempo a ir a la Iglesia de San Zenon o de San Lorenzo, pero creemos haber hecho un buen recorrido aquella mañana en lo que a templos se refiere.

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No debíamos haber absorbido suficientemente el poder celestial eclesiástico y ecuménico porque necesitábamos parar y reponer fuerzas, aunque hambre no teníamos. Vimos un local con aire acondicionado, que era lo que más demandábamos en aquellos momentos, y paninis y ensaladas. Algo ligero para dar combustible suave a nuestro estómago recalentado.

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A pesar de estar un rato allí descansando y bajando algunos grados centígrados a nuestra temperatura corporal, nunca parece ser suficiente, así que tenemos que sacar las fuerzas del turista incansable para continuar descubriendo Verona. Una ciudad de la que, a pesar de todo, constantemente apetece conocer más.

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Vamos camino del Castelvecchio y, para ello, vamos atravesando calles con el encanto italiano que las llena de personalidad. Como su nombre parece sugerir, este edificio se trata de una antigua fortaleza situada a las afueras del casco histórico, construído en el s.XIV ante la situación de enfrentamiento bélicos que se sucedían. Hoy alberga el Museo Cívico.

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Nuestra intención era acercarnos para verlo de cerca sin entrar en su interior. Allí, descubrimos el puente que se construyó para que los residentes del castillo pudieran escapar en caso de ser atacados.

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Pensamos en subir a las almenas para disfrutar de unas vistas algo más de panorámica, pero cae con tanta fuerza el sol que desistimos y pensamos que estar un poquito más bajos tampoco era tan mala idea.

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Habíamos ido siguiendo el circuito que nos marcaron desde la Oficina de Turismo por la mañana. Para finalizarlo solo teníamos que tomar la Vía di Roma que nos devolvió tras un paseo a la Arena de Verona.

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Solo hay una cosa que habíamos dejado, intencionadamente, para un momento en el que la tarde avanzara. Se trata de la Torre Lamberti, a la que se puede subir para tener unas vistas sobre la ciudad y su ubicación en la región del Véneto.

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Pues nada, desde la Arena, vamos camino de la Piazza dei Signori, donde se ubica la torre. Para ello, pasamos antes por la Piazza delle Erbe, el corazón de la ciudad. Aquí se ubicaba, en la época romana, el foro. Es la plaza más antigua de Verona, y dentro de la misma, se encuentra el elemento más antiguo, la escultura que se encuentra en la fuente, la Madonna de Verona, cuyo origen se remonta al año 380. En su mano porta un pergamino con un texto que dice “a questa città portatrice di giustizia e amante di lode” (según el traductor sería algo así, “a esta ciudad portadora de la justicia y amante (¿digna?) de alabanza”.

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La plaza está compuesta por un conjunto de palacios y sobresale la torre que es objeto de nuestros deseos. La estética actual se remonta al estilo medieval. Una plaza bellísima, llena de vida, que nos evoca mucho más al romanticismo que Romeo y Julieta.

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Al lado de esta plaza está la Piazza dei Signori, lugar por el que se accede a la Torre Lamberti. Una plaza mucho más tranquila, pero igualmente preciosa. Es imposible no prendarse de Verona.

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Desde allí, y tras esperar un ratito en la fila, parece que llega el momento de subir, en ascensor (gracias Señor, por este regalo que nos brindas por visitar los templos de Verona y gracias, también, porque no tenemos que subir a pie) a la parte más alta de la torre.

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Desde arriba de la Torre se tienen unas vistas de 360 grados sobre la ciudad, unas vistas anaranjadas que llenan todo de tejados y callejuelas. Una vista aérea de cómo la región del Véneto se funde con el horizonte. Unas imágenes donde las calles que llevamos incrustadas en nuestros metatarsos parecen parte de una maqueta y donde las distancias no parecen tan largas.

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Allí, además, corría una ligera brisa. Nos dejamos caer sobre el suelo, apoyamos la espalda en los anaranjados ladrillos, bien calentitos. Pero sopla el viento y, con la mirada colándose por la verja que hace una cuadrícula del paisaje, nos quedamos un buen rato. Y debo decir, aunque a nadie le importe, que obtenemos, a pesar de sentirnos como auténticos walking deads sudorosos, una de nuestras mejores fotos juntos. Vengamos el momento matutino de La Arena.

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Aquella parada no sirve para darnos la vida, pero al menos sí que sirve para mantenerla. Nos quedaba una cosa más por hacer, desplazarnos al Castillo de San Pietro. En la Oficina de Turismo nos dijeron que desde allí las vistas de la ciudad eran bonitas. Miramos en el Maps las distancias, ya que necesitábamos pasar por el hotel antes de cenar e ir a la Arena al concierto. Acercarnos al castillo nos suponía 3,5 km más entre idas y vueltas. Así que, dado el nivel de cansancio, y los tiempo que apremiaban, decidimos que nos íbamos al hotel a resetearnos.

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A las 19:10, llegábamos al hotel, a las 20:10 salíamos de él ¡Qué ritmo!. En esa hora nos duchamos los dos y nos cambiamos. Porque aunque la chusma pueda entrar como quiera al espectáculo, nosotros tenemos unos límites. Así que, con el código informal de vestimenta, vamos informales, pero en condiciones. 

La ducha ha ayudado a coger fuerzas, aunque haya sido todo rapidito. Directamente vamos en busca de un lugar para cenar, a las 21:20 teníamos que estar en la puerta de entrada del anfiteatro.


Nos habían recomendado en el alojamiento un local donde hacían la clásica y auténtica pizza napolitana. Así que directamente lo elegimo, es la Trattoria Caprese. Pedimos una pizza caprichosa, ensalada de pulpo, agua y una coca-cola. Todo estuvo buenísimo y la pizza espectacular, la mejor que comimos en el viaje. De regalo, nos obsequian con un limoncello.



Cuando llegamos a los alrededores del anfiteatro se ve claramente quién se va a sentar en las gradas de piedra y quién va a tener bajo sus posaderas un mullido cojín. La vida es así. Los vestidos largos, los trajes y los esmoquins se mezclan con la vestimenta informal. Bueno, se mezclan por los alrededores, porque las puertas por las que entramos cada uno no son las mismas. Hay muy buen ambiente y mucha seguridad en los alrededores.

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Nos toca entrar por un lateral. Subimos escalones como si no hubiera un mañana y nos sientan hacinados, bien juntitos todos, compartiendo ese piel con piel tan grato entre gente que no se conoce en una noche de verano. Al sentarnos, lo importante no es la dureza de la piedra que ha sujetados curtidos glúteos del Imperio romano, lo importante es la temperatura que puede llegar a acumular una piedra como esa. Los sudores que nos subían no tenían precio, bueno sí, el de la entrada económica.

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Nos dieron unas velitas, algo muy refrescante también. Bien pequeñitas, que había que encender según empezara el concierto. De esas que tienen mecha muy corta y según las sujetas sientes como se te calcinan las huellas dactilares. Eso sí, hay que reconocerlo, espectacular el efecto cuando comenzó a sonar la música y el anfiteatro pareció llenarse de miles de luciérnagas en suspensión, si no pensabas que detrás de ellas había gente quemándose los dedos, claro.

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El concierto fue espectacular y la acústica sorprendente. ¡Cómo debe de ser estar en los asientos privilegiados! No nos pudimos alegrar más de adquirir aquella entrada, ni aquel día, ni hoy cuando lo recordamos. Emocionante y único. Nos encantó, nos fascinó, nos entusiasmó y el lugar lo hizo único. Hubo bises en los aplausos y salimos con las nalgas como un mandril, pero totalmente embaucados por la experiencia vivida.

De vuelta al hotel, vamos paseando y escuchamos las grabaciones del concierto. Sí, somos así. Cuando vamos a un concierto aquí en España, somos de los que a la vuelta a casa se ponen el CD en el coche.

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Entramos en la habitación casi inconscientes y… ¿Esto qué es? Otra vez, la cama sin hacer, pierde mucho encanto así el final del día. Ponte a estirar el edredón (sí, edredón) y a hacer tu propia cama, no entra dentro del plan romántico, no.

Antes de apagar la luz, casi estamos dormidos, yo lo hago mientras el que no escribe lee sobre Beethoven, y él lo hace mientras intenta unir las letras de la pantalla y articular palabra...

Se apaga la luz, pero no se acaba este viaje, al día siguiente otro nuevo destino nos esperaba.

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